De como praseodimio…

De cómo Praseodimio, sencillo agricultor, se convirtió en un aún más sencillo multimillonario, gracias a una lotería Primitiva…y lo que luego aconteció

Cap.1

Praseodimio, un valiente en su profesión, heredó de su familia las tierras que ancestralmente pertenecieran a los Legunado. Él, único hijo, recibió el legado al fallecer su padre. Lo encontraron muerto en medio de un campo de alfalfa en circunstancias nada claras (un hacha clavada en mitad de la frente). La policía llevó a cabo una somera investigación donde se barajaba solamente una carta. La acción de barajar consistía en írsela cambiando de mano, hacerla girar sobre sí misma y, en definitiva,  rotarla o trasladarla al libre albedrio. El dibujo estampado en ella reflejaba el rostro de Praseodimio. Sin duda el principal sospechoso. Nadie más  podía beneficiarse de esa muerte. Por otro lado, que se supiera,  su padre no coleccionaba enemigos, ni siquiera le dio jamás por intentar buscarlos. Se habló también de algún inmigrante. En pequeñas comunidades y localidades, adjudicar por la vía rápida una solución que satisfaga a la mayoría es un recurso recurrente. Mayoría no inmigrante, se entiende. Ni uno sólo de los subsaharianos, marroquís, ecuatorianos, rumanos y ucranianos que residían en el pueblo se dedicaba a la mala vida. Todos y cada uno de ellos recalaron por esos lares con el fin exclusivo de trabajar las tierras. Nunca se culpó a nadie. Lo cierto es que no hubo mucho interés en las diligencias, bien por falta absoluta de indicios y pistas, bien por la escasa predisposición del hijo a dejarse someter a tortuosas sesiones con letrados y fiscales. El abogado de Praseodimio pidió a la fiscalía que declararan el hecho como un desafortunado accidente, a lo que el fiscal tuvo que rechistar con cierta sorna: «Tan sólo dos acciones pueden descartarse con absoluta rotundidad, el accidente y el suicidio. Supongo que no es necesario que le explique las razones». El tiempo pasó, los meses pasaron y cumplidos los plazos marcados por la ley, Praseodimio percibió la totalidad de la herencia;  su madre murió siendo él muy chico y no existían parientes conocidos o por  conocer.

 

Praseodimio cultivaba el cereal, básicamente. Su padre compró con mucho esfuerzo un tractor. La adquisición ayudó a propulsar el negocio de forma considerable. El vehículo agrícola supuso un desembolso importante, pero aun quedando algún plazo pendiente, la deuda  casi había sido satisfecha.

Le complacía su trabajo, y no sólo porque lo desempeñaba sin dificultad debido a su larga experiencia; acudir al campo como obligación lo beneficiaba en dos sentidos. Por un lado le proporcionaba relajo y distensión y por otro, lo apartaba del núcleo urbano. Este estaba tan absolutamente muerto y aburrido, que sólo un cementerio podría sobrepasar dicha perfección.

Cuando no trabajaba, Praseodimio gustaba de acercarse al bar a echar una partidita de cartas o dominó. Deleitábase exhibiendo un palillo en la boca, a modo de cigarro en ocasiones, de goloso Chupa Chups en otras. Se entretenía dándole vueltas, mordiéndolo  y pasándole la lengua separando las astillitas que se formaban, para posteriormente escupirlas. Durante el juego, o bien fuera de él, bebía café o una copita de coñac. A Niobio, el recio y venerable (por lo provecto) tabernero, le confesó largo tiempo atrás que de marcas no sabía nada y que además, su paladar no entendía de licores. Por ello dejaba en manos de Niobio la elección. Este, pícaro y ruin, le servía etiquetas de segunda o tercera fila. Acabada la partida, si salían a la palestra temas de conversación que le interesaran, se quedaba. Pero si se trataban asuntos de cotilleo o si a alguien se le ocurría sintonizar algún partido de fútbol, acababa la consumición y marchaba.

Por el pueblo no paseaba más que para ir del bar a su casa o viceversa, ya que como hemos citado, el municipio poseía bien poco encanto.

Cuando llegaba de la partida, se preparaba una sabrosa cena y luego, mientras su estómago la digería, se apoltronaba en un confortable sillón a leer cualquiera de los cientos de libros que enriquecían su variopinta biblioteca. Y allí permanecía hasta que le entraba la ansiada modorra que le anunciaba la hora de dormir. Esa hora casi nunca sobrepasaba las once y media o las doce. Dormía profunda y extensamente. No se despertaba hasta a eso de las nueve. Efectivamente, no madrugaba como el resto de sus colegas de profesión, de esa manera tan innecesaria e inhumana. Praseodimio odiaba levantarse temprano; lo creía estúpido. Para llevar a término los diferentes quehaceres y ocupaciones disponía de tiempo suficiente. En temporadas concretas, solía contratar a jornaleros que le echaban una mano. Algunos agradecían el horario y otros se quejaban porque luego les quedaban menos horas de asueto para su solaz y disfrute. También estaban aquellos que anteponían las sofocantes temperaturas como excusa para madrugar más. Praseodimio, que aguantaba muy bien el calor, desoía tales “sugerencias”. Incluso en verano podía trabajar a cualquier hora y siempre a buen ritmo. No resulta baladí puntualizar que el tractor contaba con aire acondicionado y que sólo lo conducía él.

Y así, a grandes rasgos, discurría su existencia. Se regocijaba en su felicidad. Perdura la creencia de que alguien es más feliz cuanto menos sabe, pero a él no podríamos calificarlo de ignorante, ni mucho menos. El aislamiento aparente al que se ceñía, era sólo eso, aparente. Al margen de su afición por la lectura, tanto de libros como de prensa impresa, fomentaba su pasión por viajar. A lo largo del año, lograba encontrar  huecos en los que se permitía el lujo de escaparse y conocer mundo. Visitó  países de los cinco continentes, en gran número, y en todos aprendió algo.

 

Lo que cambió radicalmente su envidiable existencia fue esa lotería Primitiva que jugó un día. Una mañana de mal tiempo aprovechó para desplazarse a la capital de la comarca a efectuar algunas compras pendientes. A través del escaparate de un estanco, se fijó como la gente hacía cola en la máquina de apuestas y pensó, «¿por qué no?». Al llegar a casa, metió el papel en un cajón de la cocina y al instante se olvidó de él. En el bar se comentaba diariamente que aún no se conocía al ganador  de cierta Primitiva. Unas semanas después le vino a la mente el boleto y cuando se acordó, abrió el mentado cajón y comprobó los números. Estos hablaron por sí solos.

Cierto es que el descubrimiento no le produjo más alegría que cuando el buen tiempo acompañaba a sus cosechas. Cobró el premio pero a nadie se lo dijo, y nadie se enteró porque él siguió llevando una vida normal, sin añadir lujos ni excentricidades a su rutina habitual, valga la redundancia (si es que vale). Ni siquiera le quemaba ni le corroía el pensamiento. No rumiaba sobre lo que podría hacer, sobre los importantes proyectos que podría emprender con tamaña suma. Su esquema mental discurría por otros derroteros, «si estoy bien tal y como estoy, ¿para qué alterar el orden de las cosas?». Y tenía toda la razón. Eso, además de no ser mentira,  representaba una adecuada e indiscutible verdad.

Y así continuó viviendo durante algún tiempo.

Pero en un momento dado, su saldo bancario comenzó a decrecer de un modo injustificado. No se apercibió de ello hasta semanas después.

Y no  fue por casualidad.

 

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Cap.2

Sospechó que algo andaba mal. Se miró al espejo y se encontró extraño dentro de sus ropas. Le quedaban demasiado holgadas, grandes. Nunca le había ocurrido que la ropa le encogiera, pero menos aún que le agrandara. Los zapatos le bailaban y las gafas que utilizaba para leer le resbalaban por la nariz. Fue necesario que se ajustara la correa del reloj y la del cinturón dos agujeros más. Y se atrevió a suponer que su peso sufría un descenso. Se subió a la báscula, infrautilizado aparato que le regalara su padre en unos Reyes ya lejanos. Pesaba sesenta y cuatro kilos, cinco menos  de lo habitual. No entendía nada ya que ni siquiera había alterado sus costumbres alimenticias.

Por contra, Praseodimio gozaba de una salud de hierro. Tan sólo sufría de ataraxia, si es que se puede sufrir de tal cosa. De talante imperturbable, dominaba de una manera notable las pasiones que alguien de esa zona pudiera albergar, es decir, ninguna.

En un arrebato de  desesperación fue en busca del metro. Su altura habitual de uno setenta y cinco se redujo a uno setenta y uno. Repitió la acción varias veces para minimizar el error que conlleva cualquier medición. Tras comprobar que no hubo equivocación o descuido, se formuló la irremediable pregunta, «¿estoy encogiendo?».

Dada su preocupación (imágenes fantásticas lo perturbaban. Se veía devorado por  arañas y pérfidos insectos), invitó a un amigo que conservara de la infancia a pasar el verano con él. Este, Selenio,  aceptó el ofrecimiento.

Praseodimio le confesó su malestar y desazón. Selenio lo tranquilizó al aconsejarle que no se preocupara, que no existía motivo para tal obsesión, que él lo veía como siempre.

Pasó el mes de julio y en la primera semana de agosto, Selenio barruntó que quizás su amigo llevara razón. Su cuerpo se le antojó más pequeño y delgado y advirtió que la ropa le quedaba muy ancha, como si esta se hubiera dilatado por el calor. Por temor a angustiarle, tomó en un inicio la determinación de no mentarle nada al respecto, pero cambió de opinión. Praseodimio permitió que Selenio lo tallara y con asombro de ambos, la medida arrojó el valor de uno sesenta y ocho. Aceptando la realidad, el subsiguiente paso lógico no era otro  que buscar soluciones. Pensar en una enfermedad crónica parecía lo más razonable. Se desplazaron a Madrid con el fin de efectuar un chequeo médico a fondo. Praseodimio permaneció ingresado tres días en un hospital especializado en enfermedades poco frecuentes. Lo sometieron a las pruebas más variopintas. Acabó agotado, malhumorado, deprimido y con más temor que antes de ingresar. Una total incertidumbre lo envolvía. Si un punto positivo obtuvo de su viaje, fue acaso salir exitoso de los análisis rutinarios. Como cabía esperar, la fortaleza de un roble se asemejaba a la suya, dada su calidad de vida.

Volvió a casa sin un remedio satisfactorio. Al acabar Agosto su estatura se vio mermada en dos centímetros más. Su amigo, que lo acompañó de regreso al pueblo, muy a su pesar, tuvo que retomar su vida, y Praseodimio se quedó solo consigo mismo. Esta situación nos acerca a la bella paradoja de imaginar que la pesadumbre se reducía y mitigaba  conforme él lo hacía.

En octubre no le quedó otra que proveerse de nueva ropa y vestuario. Aprovechó el viaje para entrar en el banco a sacar dinero y de paso, confrontar el estado de su fastuosa cuenta. El director le comunicó que la cantidad inicialmente depositada sufrió una disminución  considerable, pero que claro, seguro que habría efectuado algunos gastos proporcionales a la alegría y regocijo inherentes a sentirse millonario. Él le aseguró que sus gastos no se apartaban de lo común. El máximo responsable de la entidad, algo azorado, farfulló que posiblemente  un fallo informático fuera el causante de tal malentendido y que no demorarían una revisión del sistema.

Al día siguiente, por teléfono, el banquero le informó de que, efectivamente, faltaba esa importante suma. «Imposible» concluyó Praseodimio.

Recién acabó de comer, se quedó traspuesto en el sillón y se despertó sudoroso y sofocado. Una horrible pesadilla lo atormentó: su asombroso presente. En el sueño, su problema se traducía en pura aritmética. La proporción de peso perdido equivalía a la proporción de capital menguado. Se levantó renqueante y tras engullir media botella de agua guardada en la nevera, se sentó, y con un lápiz y un papel en ristre, calculó el peso perdido. Un siete por ciento. Repitió el mismo algoritmo con los datos bancarios. Faltaba un siete por ciento del montante inicial. La conclusión a la que llegó fue que tardaría en desaparecer exactamente lo mismo que su dinero.

 

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Cap.3

Unos cuantos meses después, Praseodimio  hallábase andando con dificultad por un ambiente kárstico de color blanquecino, muy parecido a la Capadocia turca. No lograba discernir como logró llegar hasta allí, lo mismo que ignoraba la mayoría de los aconteceres que constituían la norma en su reciente panorama. Temía caerse en ese terreno tan afilado y poroso. Tras un buen trecho de duro camino, llegó a una superficie lisa con pequeñas rocas dispersas aquí y allá. Una inmensa y reluciente planicie de cristal le ayudó a percatarse de su ubicación. La mesa de la cocina. Su excursión consistió en atravesar un trozo de pan seco abandonado en ese lugar, para desembocar en una llanura sembrada de azúcar. Su tamaño no alcanzaba siquiera el de una miga, menor que el de un dulce cristalito.

En el pueblo lo daban por desaparecido. Nadie se enteró nunca de lo acaecido. Flotaba en el aire la pregunta de qué le pudo suceder. El director del banco, cuya discreción brillaba por su ausencia, había filtrado algún tiempo atrás  la identidad del agraciado ganador. Los vecinos del pueblo supusieron que Praseodimio desapareció con la susodicha fortuna.

El alcalde, junto con otras autoridades, decidieron entrar en su casa para cerciorarse de que nada malo le hubiera sobrevenido. Pero hasta que obtuvieron la autorización legal transcurrieron varias semanas.

Efectivamente verificaron su ausencia. Sin embargo, la impresión que les ofreció el  sitio arrojaba indicios de que alguien seguía habitándolo, ya que reinaba un cierto desorden y podían apreciarse cosas desperdigadas aquí y allá. El alcalde  se acercó a la mesa de la cocina y pasó un dedo por encima, comprobando la cantidad de polvo y migas depositadas. Praseodimio no lo advirtió, pero se quedó pegado entre los pliegues de su huella dactilar. Desconocía dónde se encontraba ya que su diminuto volumen le privaba del sentido de la orientación.

A las pocas horas pensó que se había quedado ciego por la falta de luz tan acuciante que sufría. No fue consciente de que penetró por la piel del alcalde y que se movía dentro de él. Navegó por ríos de sangre y lagos de líquidos varios, cada cual de aspecto y olor más repugnante. En un momento dado el sentido de la vista ya no le funcionaba, sin embargo se desplazaba a sus anchas orientándose por impulsos eléctricos y sensaciones de presión.

Penetró por ósmosis dentro de una célula y navegó por el citoplasma hasta el núcleo. Pasó ratos divertidos en las hélices de ADN cambiándose de una a otra por los puentes de hidrógeno establecidos entre las bases nitrogenadas. Le encantaba, sobre todo, deslizarse de la adenina a la timina. Se alimentaba básicamente de ATP y de restos de nutrientes que descubría rebuscando en los cubos de basura de las vacuolas.

El tiempo avanzaba y él seguía menguando. En comparación, el tamaño de la célula para Praseodimio podría ser el mismo que el de un continente para cualquiera de nosotros. Las posibilidades de ser fagocitado aumentaban de manera alarmante, aunque consiguió sobrevivir. Tan minúsculas eran sus dimensiones que subido a un electrón orbitaba en rededor de cualquier átomo. Cuando necesitaba descansar, iba a tumbarse entre los neutrones y los protones, que le daban cobijo.

Y llegado un momento, no se sabe si lineal o de inercia, desapareció. Se convirtió en un fotón. Lo poco que le quedaba de masa se transformó en energía. Hubo un brillo intenso y después la nada, el vacío. Sin ninguna duda fue el final más bello que cualquiera de nosotros pueda soñar.

Y el dinero que guardaba en el banco, y que nunca utilizó, desapareció en el mismo instante en que él lo hizo.

 

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De este entrañable relato podríamos extraer un buen número de moralejas, sabios consejos e incluso anécdotas constructivas. Dejo a cada uno de ustedes esa procelosa labor. No es mi cometido actuar de consejero moral o espiritual, mostrarme doctoral o incluso exhaustivo. Me he limitado a narrarles unos hechos que si bien increíbles en su forma, no lo son en absoluto en su fondo. Yo, persona proclive a ser candorosa e incauta, basándome en la única premisa de la variación y del distanciamiento de la monotonía, me los creo “a pie juntillas”. ¿Por qué no? Seguro que ustedes se creen aspectos de la vida más inciertos. Y no hace falta que se devanen demasiado los sesos. Miren a su alrededor, piensen en su familia, en sus amigos, en su entorno más próximo. Ahí tienen una fuente inagotable de historias fantásticas. Ciencia ficción en estado puro.

Y creen que eso es cierto, que lo que ustedes viven en su cotidianidad es más incuestionable e irrefutable que lo que les acabo de relatar.

 Si eso es así, si ese es su modo de pensar, de ver las cosas, sin duda alguna deberían de escribir un cuento como este.

Hablen de ustedes mismos, reseñen, expongan su día  a día, no se inventen nada, reflejen tan solo la verdad.

Se lo van a pasar en grande y sobre todo, no descarten toparse con Praseodimio.

 

FIN

Autor: Miguel Angel Salinas   

 

¡¡Suelta lo que llevas dentro, desahógate!!
 
                                                                
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