Mejor que la original (Parte 1)

Mejor que la original (Parte 1)

 

En esta ocasión vamos a abordar  asuntos musicales. Es un tema que me apasiona, pero quizás debido a que ya me haya explayado con él lo suficiente en el pasado, ya sea porque  suelo departir a menudo con amigos y conocidos sobre grupos, canciones y tendencias, ya sea por cualquier otra razón que venga o no al caso, tenía ese maravilloso campo más abandonado de lo que lo estaba el pobre Labordeta en el Congreso de los Diputados.

En no pocas tertulias, la mayoría acompañadas de unas cervezas en la barra de un bar, ha salido el tema de las versiones.  Un servidor es un enamorado de ellas. Es un apartado laberíntico, en el cual nos podríamos detener, entretener y perdernos sin hallar la salida, hasta el final de los tiempos.

 

Comenzaré por algo muy común. Todos nos hemos encandilado con un tema, bien por escucharlo en un anuncio de la tele, bien por haberlo oído infinidad de veces en casa de un amigo o en los bares (y enterarnos después, adoptando cara de besugos, de que era una versión de otro mucho más antiquísimo). A mí me pasó con Dream a Little Dream of Me, que siempre había creído que pertenecía a  The Mamas & the Papas, una banda neoyorquina de la década de los 60. Más tarde, muchos años más tarde, supe que no,  que no era así. Fue grabada por Wayne King y su orquesta en el año 1931. Después la popularizarían Doris Day, Louis Armstrong y Ella Fitzgerald.

Desgraciadamente, aún ahora, a pesar de esas diabólicas aplicaciones móviles que reconocen canciones, siguen colándose en nuestro disco duro encefálico errores de ese calibre. Que se le va a hacer.

Y esto entronca con el propósito de mi artículo, las versiones. En el ejemplo antedicho, para mí, la mejor versión de Dream a Little Dream of Me, siempre será la primera que escuché. Y como se podrán imaginar, eso que acabo de dejar caer es tan subjetivo como peligroso. Es la mejor versión PARA MÍ, pero no significa que lo sea.

Tengo un amigo, cuyo nombre no diré, antes muerto, torturado y mutilado (se llama Pedro), que sostiene que la mejor versión es la original, la de la persona que la compuso. Y claro, puedo concederle parte de razón, pero no toda.  Cierto que la persona que la compuso la amasó, le dio forma y le insufló vida. La letra habla de algo muy personal e intransferible y los acordes que la acompañan, acunan y mecen a la letra como sólo una madre podría hacer. Pero…(supongo que imaginaban que no lo iba a dejar ahí, ¿verdad?), para empezar, hay madres que no han nacido para serlo. Algunas dan a sus hijos en adopción. Existen compositores que lo hacen por encargo, no entregándose con devota pasión en el acto de concebir. Otros, a pesar de los profundos sentimientos, las verdades como puños que proclaman (sean temas reivindicativos o amorosos), carecen de una voz bonita y armoniosa. En muchos casos, los arreglos para interpretarla en la banda son sencillamente inapropiados. Desde mi punto de vista, crearon algo y no supieron pulirlo o sacarle partido. Por ello existen compositores que trabajan componiendo y no interpretando. Se me ocurren dos  mundialmente conocidos, Leiber y Stoller, que compusieron para un buen número de famosos, entre ellos, Elvis Presley. Más de una veintena de temas cantados por el Rey los crearon ellos. De hecho, a Presley se le debe la autoría de  bien pocos temas, por no decir de ninguno.

Y poco a poco voy llegando al quid de la cuestión, la interpretación. Un artista puede recoger de la acera un tema maltrecho, llevarlo a su casa e intentar curarlo. Unas gasas por aquí, agua oxigenada por allá, un poquito de cirugía estética si es el caso, un cambio de ritmo cardíaco, o más lento o más rápido, tapar la cicatriz con un teclado que no existía, retirar la batería que infecta la herida y conservar la parte acústica, en definitiva, intentar recomponerla.

Por lo general, esos cirujanos musicales no se encuentran la canción por la calle. Suele ocurrir que ese tema les gustaba desde niños y, un buen día, ensayaron con la guitarra o con el teclado los acordes y se atrevieron a cantarla. Es posible, más que probable, que el amor que le faltaba a la madre (de la composición) se lo infundieran ellos, una vez hubieran decidido adoptar el tema.

Como supongo que aguardan con impaciencia que documente mis vacuas palabras con ejemplos que otorguen solidez a esta argumentación, no les haré esperar.

 

Empezaré levantando ampollas (para eso me quieren, ¿no?, para agitar el avispero. Qué crueles y taimados son. Y yo encima me dejo). El tema Personal Jesus de la banda británica Depeche Mode es propio del estilo electrónico que profesan. Es una buena canción. Pero yo que he seguido la carrera de los británicos desde sus inicios, sé que podrían haber envuelto al tema con una ternura menos industrial al estilo de See You (de su 2º Lp, A Broken Frame). Y a su manera es lo que hizo Johnny Cash. Con su estilo, más oscuro, pero más íntimo. Eliminando lo superfluo, dejando una guitarra y un piano y su voz desgarrada, nos brindó la esencia de esa desesperada y tormentosa historia, mucho más creíble y cercana que la Depeche Mode, como si la estuviera interpretando en el sofá de nuestra casa, implorando un hombro sobre el cual llorar.

 

Si aún conservan las ganas de seguir soportándome, continuaré con un tipo que me cayó bien desde el inicio (de mis tiempos), Bo Diddley, un artista negro del Mississippi, que se fabricaba sus propias estrafalarias guitarras. Fue primordial su contribución para entender la transición del Blues al Rock and Roll. Me refiero al tema Pills (1958), una canción alegre, pegadiza, algo surrealista y según se mire reivindicativa del pastillaje como modo para encontrar la sanación (física o mental). Pero yo prefiero otra, la de unos neoyorquinos que rompieron moldes por su estética y por la manera de entender la música, The New York Dolls, que el año 1973 dieron su toque personal a Pills. Escuchen ambas, si la de Diddley les ha gustado la de los Dolls les enamorará.

 

Vamos ahora con un accidente. Debo de confesar que me encanta anotarme canciones que oigo en las películas. Es una buena fuente para descubrir nuevos sonidos. Por ejemplo de la serie Breaking Bad (aprovecho la ocasión para recomendarla fervientemente por cualquier razón imaginable e inimaginable), extraje una mini lista de temas y autores que jamás había oído nombrar. Pues bien, en una película, no recuerdo en cual (lo siento), me quedé con un tema titulado Tombstone every mile. Sencillo, bonito y bien interpretado. Enseguida busqué a esa muchachita, Jaymay (Jamie Seerman) y descubrí un hermoso puñado de buenas canciones. Y caí en el error que inicialmente advertía, creí que fue compuesto por ella. Pues no, el tema es de un tal Dick Curless, un cantante de música country. Es una canción chula, el tal Curless la interpreta como los ángeles de las praderas de Montana, pero la pequeña Jaymay le concede un aura muy especial, alejada de los sombreros Stentson, de las vacas y de los rodeos.

 

Un tema que me hace especial ilusión nombrar es  Red Cadillac and a Black Moustache. Este, aparece en el segundo album de Robert Gordon. El primero y segundo de este cantante rockabilly de Meriland son, a mi modesto entender, los mejores. La diferencia entre estos y los subsiguientes es la guitarra afilada, arrebatadora y destructiva de Link Wray. Pues bien, hasta hace no mucho, pensaba que el tema era de Robertito. Hace menos de un año me enteré de que el autor es un tal Warren Smith, un artista country y rockabilly del Mississippi. Indudablemente prefiero la versión de Gordon, pero la que me dejó maravillado fue la de Dylan, que descubrí en una película (como no). No la conocía, aparece en un album homenaje a artistas que grabaron en el sello Sun Records. La aportación de Dylan es interesante. Para empezar, porque el estilo aguerrido y dinámico no le pega. Él la interpreta a su manera, desganado, como si estuviera en huelga de hambre desde hace semanas. Ese detalle famélico le da un gracejo y una sensibilidad del cual carecen las anteriores mentadas.

Y por no dejar a Robert Gordon, citaré otra maravilla de versión, Flyin’ Saucers Rock & Roll, tema original de Billy Lee Riley. Si escuchan ambas entenderán lo dicho sobre la guitarra de Wray y la sólida formación que logró reunir Gordon por aquel entonces. Con la versión de Robert Gordon deseas ser inmortal por una única razón, por no dejar de escucharla nunca jamás de los jamases.

 

Volviendo a mi socorrida fuente de películas, conocí a un muchachito noruego llamado Sondre Lerche. Pronto descubrí su talento para componer e interpretar y la cantidad de recursos sobrados que exhibe en el escenario. En esa película (creo que se titula Dan in real life) interpreta una canción compuesta por el guitarra de The Who, Pete Townshend, Let My Love Open The Door. Nunca me gustó. El teclado y los arreglos ya sonaban desfasados el año que la compuso; es demasiado rápida, además. La de Lerche es un encanto, un placer, pausada y acaramelada. Nada que ver.

 

¿Y no voy a nombrar a ningún artista español? Claro que sí, no faltaría más.

Hablemos de Radio Futura. Debo de reconocer que la banda de los hermanos Auserón y de Enrique Sierra me produce sensaciones encontradas. Digamos que no me apasionan. Prefiero los primeros discos (los dos primeros y algún single posterior) que el resto. Pues bien, el primero incluye un tema titulado Divina. Los que vivimos los 80’s en plena efervescencia no podemos olvidarla y tararearla de vez en cuando con entusiasmo. Ese tema, sin embargo, es la versión de un artista que adoro, Marc Bolan y su banda, T-Rex. Bolan era buen músico, interpretaba de maravilla, su estética glam capturaba a propios y extraños y era apreciado por sus colegas de profesión. La canción que versioneó Radio futura se titula Ballrooms of Mars. Bien compuesta, bonita melodía, pero el toque festivo y mediterráneo aportado por Radio Futura la hacen más próxima y alegre. En mi opinión la mejora. El pobre Bolan aún se debe remover inquieto en su tumba cada vez que  escuche la versión española.

 

Y por ir acabando,  existen esas versiones que me gustan tanto como la original y que me vería en una difícil tesitura si me obligaran a elegir a punta de pistola entre una y otra, acabaría muerto de un disparo. The Passenger de Iggy Pop es de lo más grande que han disfrutado mis aterciopelados oídos. Pero deben de reparar en la versión de Siouxsie and the Banshees. La sección de viento y la atmósfera bailable que la envuelve la convierte en irresistible.

Luego está el tema All along the watchtower de Dylan. Maravilloso, ¿verdad? Pues si no han escuchado la versión de Jimmy Hendrix, se lo aconsejo. Su guitarra les pondrá los pelos de punta.

 

Por el contrario, existen versiones indiscutiblemente nefastas, muchas, demasiadas. No negaré la evidencia ni me emponzoñaré en semejante fango.

También podríamos tratar las versiones de películas (aprovecho para preguntarme el por qué llamarlas remakes en vez de covers o versiones. Supongo que alguna razón habrá. Será cosa del inglés; en español es lo mismo), pero será en otra ocasión. Se nos acaba el tiempo.

Espero que esta versión de artículo periodístico les haya divertido. Es posible que contraataque con más. No se descuiden.

 

FIN

 

Autor: Miguel Angel Salinas   
 
 
                                                              
Volver arriba