Las vicisitudes de una funcionaria interina
Su jefe: un mezquino, un parásito. Sus compañeros, sobre todo uno: un tipo estirado nada proclive a derrochar simpatías ni mostrarse colaborador y comunicativo. La faena: tediosa, descorazonadora, inútil. El día a día: deshumanizado. Su ánimo: rozando el centro de la tierra. Su vida personal: a la deriva, debido en parte a las preocupaciones inherentes de la jornada laboral, aliñadas, sin embargo, con inquietudes que incluían, entre otras, la hipoteca de la casa, una vida social escasa y unos proyectos de futuro inexistentes. A pesar de todo ello, Olivia despertaba cada mañana con una llamita de esperanza que iba alimentando con buenos deseos, con una apostura optimista y una entereza fuera de toda duda.
La mañana del lunes, su jefe, el mezquino, no se encontraba a primera hora en su despacho. Circunstancia que aplaudió hasta que cayó en la cuenta de que le debía de firmar unos documentos que no admitían demora. Hizo tiempo empleándose a fondo en otros menesteres de lo más prosaicos. Pasadas las once, su jefe, el parásito, entró con pompa y algarabía por el hall, acompañado por el presidente de la Diputación Provincial. Se encerraron en el despacho y esa puerta no se abrió hasta bien pasada la una. Olivia ensayó por segunda vez una aproximación, pero fue rechazada por su superior, que sin oírla ni pretender escucharla le repitió: «mañana, mañana».
«Pues mañana ya hablarás tú con los de Obras, —pensó—, que esperan ese presupuesto para hoy, después de haberlo reclamado infinidad de veces». Ese acontecido no representaba una excepción ni una rara avis a la dinámica habitual en su área, sino más bien al contrario, era el pan nuestro de cada día. Olivia reconocía y admitía de buen grado cualquier fallo en el desempeño de su trabajo, pero no digería ni con bicarbonato la desidia, la falta de profesionalidad y las chapuzas de los demás. Le resultaba insoportable depender de otros para finiquitar cualquier asunto. Esos otros eran su jefe, el miserable, y su compañerito del alma. Sin olvidar la interrelación con otras áreas y departamentos, vínculos obligados e indisolubles, coyuntura establecida por la administración y el Sistema, escrito este con mayúscula inicial.
Olivia barruntaba desde hacía un tiempo el abandonar y dedicarse a otra cosa. Tras nueve años deambulando de un puesto a otro, de un ayuntamiento a una comarca, de una diputación a otra, no había advertido diferencias sustanciales en cuanto a su bienestar laboral. En cualquiera de los puestos que ocupó lo que vaticinó se cumplió. Las carencias de un lugar se suplantaban por las propias de otro, la vacuidad de su cargo era secundada por lo impersonal de su mesa de trabajo y la sensación de representar un peón prescindible e inútil de la cadena la perseguía allá a donde iba. La presión económica que la atenazaba la obligaba a mantenerse en ese circo, en ese bucle en el cual permanecía presa, inane y sin convicción. Se esforzaba por comprender a sus compañeros, a todos los que había ido conociendo a lo largo de los años, pero no lo lograba. Hubiera dado la mitad de su reino por atravesar sus mentes e informarse del modo de pensar de esas gentes que, en apariencia, acudían con alegría al trabajo y todo hacía indicar que apechugaban el día a día con entusiasmo y emprendimiento. ¿Qué se le escapaba? Puede, entraba dentro de lo razonable, que el funcionariado estuviera, hubiese sido diseñado, por y para un tipo de personalidad determinado, destinado a personas con un talante muy concreto, para ese tipo de seres prácticos que tan solo aspiran a una nómina al final de mes y a abrigarse con la seguridad que concede un trabajo de por vida, sin mirar más allá; sin cuestionarse aspectos tan sustanciales como la satisfacción personal, lo que reporta el cargo profesional más allá de lo económico, lo atractivo que puede resultar que una faena nos realice como personas, que nos sintamos satisfechos con el deber cumplido. Olivia en su experiencia como interina, jamás halló nada de eso. ¿Debería de alienarse, cambiar el chip y mutar a un estilo alejado de su idiosincrasia? ¿Debería de aprender a separar sus convicciones de lo que se supone que se esperaba de ella, aunque desconociera que pudiera ser?
Olivia transitaba perdida por los pasillos del edificio. Olivia se había pasado, obnubilada, la puerta del baño, a la cual se dirigía para encerrarse y poder gritar para dentro, en silencio. Olivia se disponía a reprimir su congoja en el lugar más agradable de esas oficinas, en el lugar en el que todos eran iguales, todos tenían las mismas necesidades, el sitio en el que no existía la demora, en el que no dependía de nadie y se podía comportar tal y como era. Un lugar que le permitía poner en su sitio a su jefe y a todos los demás: en la taza, empujándolos a las cloacas con sus rabiosos excrementos.
FIN

