Nuevo cliente

Deambulaba por el piso como alma que lleva el diablo. Inconscientemente buscaba a Inriquito, pero el segundo trago que le di a la botella de vodka me hizo recordar que ya hacía una semana que se había marchado. Aseguró que no me abandonaría por un lapso muy prolongado. Veíame como a un bicho muy necesitado y por otro lado, aseguró compenetrarse de maravilla conmigo; aunque en lo personal y en lo espiritual dejara mucho que desear, encontraba una potencialidad oculta en mi futuro. Quiero creer que lo aseguraba sinceramente. No le descubrí dobleces ni ironía en los dos meses que permanecimos juntos.

Mi alcoholismo y su abstinencia combinaban de un modo tan sorprendente que llegué a intuir que utilizaba alguno de sus súper poderes para crear un entorno cercano y amigable. Pensé, por otra parte, que anduviera mal de la cabeza; nadie congenia tan fielmente con una piltrafa como yo.

Como comentaba al principio, me movía sin orden ni concierto de un lado a otro de la casa, tropezando y maldiciendo sin parar. Exhausto, me vi en la penosa obligación de tumbarme en el sofá. Una botella se me clavó por las nalgas y la sacudida originó que me espabilara ligeramente. Se trataba de la botella de Dyc que busqué la tarde anterior con tanto ahínco. El sopor me llevó de la mano y caí fulminado.

 

El molesto tono del teléfono me desveló. No quise atenderlo, sabía quién era. La única persona que me llamaba de Pascuas a Ramos. La persona que me proveía de bienes materiales. La persona que, a su manera, se preocupaba por mí. Mi madre.

Llamó por segunda vez y, maldiciendo, me arrastré siguiendo el indicio del sonido. Lo encontré entre las sábanas, sucias, pegajosas y acartonadas.

—Diga.

—¿Estabas dormido?

—¿Quién es?

Me gusta jugar al despiste con ella.

—¿Quién va a ser, mendrugo? Tu madre.

—¿Se puede saber qué quieres a estas horas? Me has despertado.

—Son las seis de la tarde.

—¿Y?

—¿Te interesa un encargo? —Continuó, desoyendo mi respuesta impertinente.

—No.

—Mañana a las diez pasaré a buscarte.

—He dicho que no. Después del fracaso estrepitoso con ese Martínez, no me apetece sentirme despreciado una vez más.

—No voy a recordarte quién fue el causante de semejante desastre.

—Soy un artista. Necesito gente que me comprenda, no que me cuestione.

—A las diez.

Y colgó. Mi madre es así. ¿Por qué se empeña en apartarme de la espiral de autodestrucción en la que tan ricamente vivo inmerso? A ella le trae sin cuidado la pasta que me pasa todos los meses y cederme este piso de su propiedad; no pasa penurias económicas precisamente. Se ha empeñado en que desentierre mi vena artística, que mi carrera de publicista brille en lo alto de un estandarte. Como se podrán imaginar, no me quedó más remedio que aceptar su proposición.

 

Las diez de la mañana es una hora inhumana. Me desperté a eso de las nueve y media entre borracho y resacoso. Consciente de que no me daría tiempo de acicalarme, opté por ataviarme con la misma ropa que llevaba desde hacía una semana. Por supuesto que tampoco me dio tiempo a ducharme y a un afeitado esmerado (una semana había transcurrido desde que emprendí con más pena que gloria ambas acciones, loables por otra parte). Como no pude encontrar un calcetín, y por guardar la simetría, opté por no enfundarme ninguno. Los pantalones de pinzas con zapatos pedían a gritos unos calcetines, pero no podía malgastar los escasos minutos de que disponía. No estaba seguro de si la camiseta del Apolo XII con connotaciones fálicas resultaría adecuada para la entrevista, así es que me cubrí con una chaqueta de lana con rotos y desconchones por doquier, que no se la hubiera puesto ni Kurt Cobain. Mientras bajaba por la escalera entresaqué del tejido un par de espaguetis resecos que dejaron su impronta en forma de una vistosa mancha rojiza.

Mi madre ya aguardaba en la puerta con el coche en marcha. Al verme, no estalló en llantos por no llamar la atención. Soltó un enérgico,

—¡¡Entra!!

Ni rechisté.

Arrancó con una furia enloquecida. Sabía que me esperaba un viajecito de aúpa.

—¡¿Tú eres tonto o qué?! Pareces un porquero que sale de la pocilga. ¡Por dios santo!

—Sabes que bajo presión no funciono. Debías de haberme avisado con más antelación.

—Te lo dije ayer. ¡¡AYER!!

Creo que la oyeron hasta en el metro.

Mencionó algo sobre entrar en unos grandes almacenes a comprar algo de ropa, pero que íbamos mal de tiempo.

—Si te avergüenzas de tu hijo, déjame en la puerta y ya subo yo.

Me arreó un revés con su mano derecha que todavía resuena en mis oídos.

—Tienes treinta y cinco años, Pablo. Treinta y cinco. ¿Por qué no dejas de comportarte como si fueras un niño de pecho subnormal?

No me quedó claro si mi comportamiento se parecía al de un niño de pecho, se debía a una enfermedad mental o a ambas cosas. Con la cara enrojecida no me atreví a replicar.

Aparcó en zona azul y me ordenó que la esperara dentro del coche. Cuando la Sargento de Hierro lo ordenó, bajé y enfilamos hacia la entrada del edificio de AFGANLAB.

********

Me obligó a permanecer en pos de ella en todo momento. Pretendía ocultarme a la vista de cualquiera y lo que consiguió fue el efecto opuesto. Su apostura elegante y donaire señorial contrastaban de modo alarmante con la sombra harapienta y mugrosa que conformaba yo a su espalda.

Mientras nos dirigíamos a los ascensores, me fue explicando qué era aquel lugar. Me detalló escueta pero concisamente que la farmacéutica AFGANLAB instauró su sede en nuestro país cinco años atrás. Su nombre no dejaba lugar a dudas acerca de su nación de origen. Cómo consiguió el contacto para acceder a ellos se me escapa. Lo mismo que se escurría de mi cerebro cansado qué podrían necesitar de un don nadie como yo.

La escena que viví con el señor Martínez se volvió a repetir. Un emperifollado ejecutivo nos recibió arrollado en una  altivez en exceso engolada. Yo esperaba toparme con un árabe con turbante y chilaba y sin embargo, un bien conservado hombre maduro, a todas luces español, nos desconcertó con su acento castizo.

—Pablo, te presento al señor Ylleta. Es el director de la sede de AFGANLAB en España.

El señor Ylleta ejecutó un sincronismo atlético al estirar la mano e inspeccionarme de arriba abajo con total indiscreción. Su cara no auguraba nada bueno. Mi madre no exhibía los colores merced al exceso de maquillaje.

—Encantado —respondí a renglón seguido, menos cohibido de lo que esperaba.

—Siéntense, por favor.

Así lo hicimos.

—Sin más prolegómenos pasaremos al punto que nos ha convocado aquí hoy. Señor Whikoski, su madre ha insistido mucho para que lo conociera y se ha desvivido en cumplidos hacia usted. Me ha asegurado que es el artista creativo que ha llevado a la cumbre del éxito a importantes firmas de todos los sectores.

Interumpió su discurso con una teatral pausa, supongo que para que aportara algo. Sólo fui capaz de tragar saliva.

—La relación con su madre viene de largo. Nos une una familia a la cual ambos debemos devoción y, por qué no decirlo, una sincera amistad. En un cóctel inopinado nos reencontramos la semana pasada, tras años de no concurrir, y la conversación se fue derivando hasta llegar a usted. Casualmente disponemos de dos medicamentos nuevos que vamos a lanzar en breve, el Binladín y el Talibanín. Hemos apostado fuertemente por ambos ya que creemos con rotundidad que van a revolucionar el mercado. Lo que buscamos es una campaña igual de contundente que nuestros anhelos. No escatimaremos en gastos, se lo digo de antemano. Tampoco haremos ascos a que se muestre osado y agresivo, sobre todo teniendo en cuenta el origen del capital que nos respalda…

Efectuó otra pausa. Esta vez sospeché que esperaba  que nos riéramos de su gracieta. Mi madre soltó, a destiempo, un ja, ja, ja, que sonó patético y hueco. El señor Ylleta pareció no advertirlo y continuó su alocución.

—No lo voy a apremiar, pero es el deseo de la junta directiva disponer de un anteproyecto en quince días. Usted pídanos cuanta información necesite, se la proporcionaremos sin dilación. Eso sí, comience a darle vueltas a la cabeza. Su madre de usted me ha asegurado que atraviesa una etapa creativa sin precedentes.

—Bueno, yo…

—No para de trabajar, ¿verdad hijo? Lo cierto es que está dispuesto a aparcar temporalmente algún que otro cliente para entregarse a fondo con su propuesta.

—Bien, bien. Pues ya está todo dicho. Nos emplazamos para dentro de dos semanas en este mismo despacho. Si la idea me gusta la presentaré al consejo.

Y de eso modo, mi madre me volvió  a enredar en otra situación complicada. Máxime cuando el pavo ese no nos había informado para qué diantres servían esos medicamentos, las diferentes presentaciones ni nada de interés. Tampoco soltó prenda sobre mis emolumentos. Mi madre confesó en el coche que eso daba igual, que aunque me pagaran un euro, lo consideraba excesivo. Que ese trabajo no lo buscó para que me forrara, sino para que recuperara algo de dignidad. No pude evitar pensar que jamás había atesorado ni un gramo de eso.

Me dejó en la puerta de casa. Mientras me dirigía al portal, yo y cualquier viandante, pudimos escuchar con meridiana claridad.

—Empieza a trabajar mañana, sin falta. ¡Y lávate, por el amor de dios!

*****

Las jornadas subsiguientes no aportaron ningún avance al encargo. Pasados tres días o quizá cuatro, me vi en la penosa obligación de bajar a la calle y por ende, salir al exterior.  Se me antojó una buena excusa  para reconciliarme con la bañera. El dormir con las mismas prendas que vestía a diario provocaron que no pudiera desprenderme de ellas con facilidad. Parecían pegadas con algún adherente viscoso. Una vez me hube desnudado (y casi despellejado) me di una poco placentera ducha. Afeitarme minó parte de mi personalidad. Al llegar al cuarto, reparé en que había cometido el mismo error que en anteriores ocasiones, carecía de ropa limpia. ¡Cómo echaba de menos a Inriquito! El orden y la higiene constituían su insignia. Rebusqué por el cesto de ropa sucia, olisqueando y eligiendo. El resultado se lo pueden imaginar.

Una vez de vuelta, me preparé un combinado triple de ron, vodka y ginebra, amerado con dos cubitos de hielo. Sentado en la mesa de trabajo dediqué unas cuantas horas a dar con una idea que satisficiera, primero a mi madre y después, y menos importante, al señor Ylleta.

 

Sonó el teléfono, lo busqué, lo encontré en el suelo del recibidor y respondí.

—¿Quién es?

—Tu madre.

—¿Qué quieres?

—¿Tienes algo?

—Sueño.

—Vamos, no te hagas el gracioso conmigo. Sabes a qué me refiero.

—Claro que tengo algo. ¿Por quién me has tomado?

—Omitiré la respuesta. Llamo al señor Ylleta a ver si podemos reunirnos mañana.

Colgó.

Llamó media hora después.

—Mañana a las diez te paso a buscar.

Volvió a colgar.

Se me ocurrió que poner una lavadora evitaría que el aparato  se oxidara. Con un vestuario tan reducido y no derrochando ostentación ni presunción, alejado de posturas tan presumidas como el engalanamiento, no logré llenarla. Añadí lejía en cantidad y accioné el botón de lavado caliente. Pretendía que mi madre se sintiera orgullosa de mí. El que ella pasara vergüenza me hacía sentir incómodo. Mientras la máquina trabajaba, me dediqué a lo mío. Debí caer agotado en el sofá. Me desvelé en plena noche y entonces reparé en la lavadora. Tendí la ropa y en el ínterin la aprecié arrugada y con los colores cambiados. Bien pudo tratarse de una impresión lisérgica.

Me desperté sobresaltado pasadas las nueve. Creía que disponía de tiempo suficiente para arreglarme de modo conveniente. El pantalón de vestir mutó del beige al gris marengo y la camisa blanca, que preví llevar en la entrevista, había adoptado una suerte de irisaciones que iban del rosa al marrón ambarino. Me vestí los pantalones, unos calcetines otrora blancos, la camisa mentada y unas zapatillas Yumas rotas por las costuras. Fui incapaz de dar con los zapatos. Noté escalofríos bien por mor del tiempo, bien por causas internas y no me quedó otra que abrigarme con el plumas que mi madre me regalara en unos Reyes ya remotos.

Esperaba puntual, como de costumbre. Su rictus no auguró que aprobara tampoco esta vez mi aspecto.

—¿Se puede saber de qué vas vestido?

—¿Por?

—¡Dios, qué vergüenza!

Pero en el coche, la cosa no había concluido.

—Hace un calor de mil demonios y tú con el forro ese.

—Estoy destemplado.

—Hace años. Y además lo llevas todo manchado, con corretones multicolores y roto por todos lados. Haz el favor de quitártelo.

Obedecí a regañadientes. En cuanto vio la camisa entró en un estado histérico que le obligó a aparcar.

—Mira hijo, no deseo enfadarme, pero es que no eres consciente de tus actos, ni te das cuenta de nada. Vives en una realidad que no es de este mundo. ¿Te has mirado al espejo antes de salir? Claro que no.

—Me he duchado y afeitado.

—Hueles a alcohol.

—No puedo salir de casa sin una pequeña alegría.

—¿Cuántas botellas son esa alegría?

Sin esperar respuesta, arrancó.

Pasadas las barreras y filtros preceptivos, accedimos a la presencia del señor Ylleta. Se le apreciaba expectante, inquieto. Sin más dilación, extraje de mi carpeta los bocetos. Imaginé que igual esperaba una demostración en el ordenador que no tengo, pero es lo que había. Si era así, no mostró signos de decepción.

Mi trabajo consistía en dos modelos, uno para cada fármaco. Comencé mostrando el Binladín.

 

El complejo vitamínico Binladín, de los laboratorios Afganlab, te da alas.

En comprimidos y sobre efervescentes. También en supositorios Missile F1-11S para los más aguerridos.

¡¡Tómate un refuerzo al día y serás el amo del mundo!!

                                      

 

No aprecié reacción alguna por su parte, lo que en mi caso lo considero siempre un triunfo. Sin dar opción a replica, extraje el segundo boceto en donde pretendía destacar las excelencias del Talibanín.

 

Si las relaciones humanas no te importan en absoluto y el amor es algo ajeno a tu rutina diaria, tenemos lo que necesitas.

Si notas un mal humor constante y la necesidad de aplastar a los demás,

toma regularmente Talibanín y haz la vida imposible a diestro y siniestro. Millones de personas pueden confirmar sus excelentes resultados.

¡Ahora en su nueva y más atractiva forma pentagonal!

 

 

Ambos carteles iban complementados generosamente con abundantes ilustraciones que enriquecían el mensaje.

Ante el mutismo de mis interlocutores, a punto de replegar velas y hacer mutis por el foro, el señor Ylleta levantó una mano, en señal inequívoca de que algo pretendía decir.

—Me gustan.

Mi madre, a un tris de soltar que cómo le podía gustar esa obra de un tarado esquizofrénico, se contuvo a tiempo.

—Es justo lo que andábamos buscando. Seguro que al equipo directivo le va a encantar. Ni que decir tiene lo que pensarán cuando lo presentemos en Kabul. Va a ser la bomba.

Yo quedé petrificado. Si les soy sincero, no recordaba haberlos hecho y me sorprendió tanto como a ellos lo bien traído de los lemas.

—Bueno, señor Whikoski, eso es todo. Si nos escusa, su madre de usted y yo ultimaremos un acuerdo económico que los satisfaga en el presente y sirva de acicate para futuros encargos.

¡Me estaba echando! Sin miramientos expulsaba al creador de la obra y adjudicaba a mi madre el papel de representante. Hecho polvo por las vicisitudes azarosas en las que me vi envuelto, me batí en retirada. Mientras me dirigía a la puerta oí como le decía,

—¿Siempre viste así?

—No, verá…es que…

—Me encanta, es original, extravagante. Esas raras vestimentas le dan un aspecto bohemio venido a menos.

Mi madre tuvo la decencia de callar. Cerré por fuera y marché.

*****

Días después de estos aconteceres menesterosos y sumido en vapores etílicos y delirios fantasmagóricos, noté que alguien me zarandeaba y daba cariñosos cachetitos. Entreabrí a duras penas los ojos y distinguí a Inriquito que, con su nuevo taparrabos, parecía más un encantador de serpientes que  el respetable hijo de un dios.

—¿Cómo va eso Pablo?

—¿mmm…?

—Veo que sigues dándole al drinky cosa mala. ¿Continúa libre mi habitación? Supongo que sí. ¿Quién va a atreverse a entrar en esa pocilga?

Se sentó en el sillón contiguo, no sin antes apartar botellas, latas y una bolsa de patatas fritas. Sacó de su hatillo un pequeño pan ácimo y se dispuso a comerlo sin glotonería. Esperó pacientemente a que me desperezara y que motu proprio le fuera detallando mis últimos sucedidos. Los resumí en un santiamén (a su lado se me escapaban ciertas palabras extrañas a mi repertorio y afines al suyo). Lo único novedoso había resultado el éxito de mi último trabajo. Se enorgulleció de mí, pero me puso sobre aviso acerca del nuevo cliente. Haciendo gala de su clarividencia,  me advirtió de que algo ocurriría muy pronto en Afganistán relacionado estrechamente con el atentado de las Torres Gemelas. Caí dormido durante su monólogo.

—¡Whisky! —pronunció elevando la voz.

Acto seguido me espabilé y él esbozó una sonrisa ocultada parcialmente por la barba incipiente que comenzaba a dejarse de nuevo.

—Si no te importa, me quedaré unos días. De momento no tengo nada que hacer allá afuera. Y por lo que aprecio vuelves a vivir en una zolle. Mañana pondré un poco de orden. Ahora me voy a la cama que estoy reventado.

No oí cuando se levantó, cuando me tapó con una colcha ni cuando apagó la luz.

El éter que me envolvía era mucho más poderoso que todos los hijos de dios y todos los talibanes juntos.

FIN

Autor: Miguel Angel Salinas   
 
 
                                                                 

 

 

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