¡Por los clavos de Cristo!

Me desperezaba en el sofá, después de, al parecer, dormir una extensa siesta. Me invadía la sensación de estar borracho y además con resaca. Dos constantes de mi vida, aparentemente consecutivas una de otra.

 Debo de apostillar, sin que esto me llene de orgullo, que me pasaba un día ebrio y otro también, y al despertar, sólo mi cuerpo sabe a qué hora, sufría unas resacas que me provocaban los dolores del Calvario. Llegado a esa estación del viacrucis, por continuar con una terminología coherente a lo antedicho, no me quedaba otra que comenzar a beber para aliviar el dolor. La resaca se diluía con rapidez, no se avenía con el alcohol.

Me encontraba en la procelosa labor de desperezarme, lo que incluía todo tipo de bostezos, sonidos guturales, rascamientos extensivos e intensivos, vueltas y revueltas en el sofá y un abanico multicolor de gestos involuntarios que la especie humana es capaz de llevar a cabo sin apenas proponérselo. En esas, oí como el móvil se quejaba con un lastimero e inclasificable sonido. Tengo que aclarar que no me di mucha prisa en levantarme. Primero porque en la postura en la que me encontraba   (si tengo tiempo al final del relato la describiré) me resultaba harto complicado incorporarme de forma inmediata. Y segundo, porque hay muy poca gente en este mundo a la que se le pueda ocurrir llamarme.

Cuando conseguí asentar los pies en el suelo, me fui acercando al aparato cómo lo haría un soldado que se dispone a desactivar una mina. Chocaba con cada mueble y cosa que encontraba por el camino. Una voz al otro lado acarició mis oídos.

—Buenos días. Por si no lo sabes son las cinco de la tarde. ¿Qué has hecho hoy aparte de lo de siempre?

—Nada. Bueno, nada o mucho, según se mire.

—Lo dejaremos en nada. Haz el favor de adecentarte y venir a mi casa lo antes posible. En una hora te quiero aquí.

—¿Se puede saber qué mosca te ha picado? ¿No puedes dejar que un pobre hombre se compadezca de si mismo tanto como quiera?

—Si podría, pero no lo voy a hacer. Aunque te pese soy tu madre y de vez en cuando me acuerdo de ti.

—Pero, si hace seis meses que no me llamabas.

—Pues eso he dicho, de vez en cuando. Bien, a lo que vamos, hoy he convocado en mi casa, en la tuya sería impensable, a cierta persona que te puede proporcionar un poco de dinero.

—Bueno, dile que lo ingrese en mi cuenta y asunto concluido.

—¡Idiota! Se supone que debes de hacer algo para ganártelo. ¿Quién iba a regalar dinero a un mamarracho como tú?

—¡Madigo tus ayudas! Sólo hacen que alterar mi paz ¿Quién te ha dicho que necesito dinero? ¿Quién te ha dicho que quiero trabajo?

—Serás…….  Te recuerdo que estás viviendo en un piso de mi propiedad y que yo soy quien te procura sustento todos los meses. Aunque tengo que reconocer que no gastas mucho. El día que el alcohol suba al precio al que está la comida, me vas a arruinar.

—Vale, vale. Iré, sólo por no oírte. Intentaré estar en una hora.

—¡¡Hazlo!!

Y colgó. Colgó con toda la ira que se reserva, creo que sólo para mí.

Después de darme una ducha, afeitarme y lavar mis amarillos y viscosos dientes, intenté encontrar algo decente que ponerme. Fue difícil, es más, no lo conseguí. Casi todo se apilaba sucio en el cesto de la ropa, así es que tuve que recurrir a lo único que quedaba limpio, unos pantalones vaqueros, con algún agujero que otro y un niki totalmente pasado de moda, con unas rayas marineras alternando entre el azul y el más o menos blanco (los zapatos, si tengo tiempo, los describiré al final de este relato).

De esta guisa salí a la calle. La luz del sol, me hirió con despótica crueldad. Debería de haber cogido el metro, pero sólo de pensarlo me daba claustrofobia y otras   fobias afines a mi persona. Así es que paré un taxi. Pensé que mi madre compensaría económicamente este derroche con un dinero extra, simplemente por haberle hecho caso y acceder.

Mi madre, al verme, no se echó a llorar porque la visita ya debía de estar en el salón. Sin embargo, aprovechó el breve trayecto hasta la mentada pieza para intercalar uno o dos comentarios. Concretamente dos.

—Hueles a alcohol.

—He tenido que echar un trago antes de salir, sólo para recobrar energías. ¿Comprendes?

—Anda pasa. Eres un asqueroso.

Sentado en el frondoso sofá, con una taza de café en la mano, aguardaba un hombre de unos cincuenta años, uniformado con traje y corbata y con aspecto de alguien que manda, y al que la gente  obedece.

—Mira, este es el señor del que te hablé. Ha sido muy amable al acercarse hasta aquí.

—Hola, encantado —dije estrechándole la mano—.

—Este es mi hijo, al cual también agradezco que dejara sus muchos quehaceres para conocerle en persona.

Todos nos sentamos y yo rechacé la taza de café que mi madre me ofrecía insistentemente. El olor me estaba provocando un sudor inhumano, que menoscababa mi aspecto, cada vez más lamentable. El pelo se me rizaba de la humedad, la marca de sudor en los sobacos resultaba evidente y un agüilla pertinaz recorría mis mejillas.

—Pues bien —rompió el hielo el señor— pasaré sin más dilación al asunto que me ha traído hasta aquí. Represento a una importante compañía ferretera dedicada al anclaje de estructuras metálicas de todo tipo, destinadas fundamentalmente a la construcción de edificios, de barcos y aviones y a cualquier otra obra ingenieril imaginable, grande o pequeña. Si hubiéramos surgido unas pocas décadas atrás, La Torre Eiffel estaría firmada por nosotros, je, je… Ejem… Perdóneme este pequeño desvarío. Bien, bueno, el asunto es que hemos encargado costosas campañas de publicidad a diferentes agencias y la verdad, ninguna ha cumplido nuestras expectativas. Nadie ha sabido entender la idea, la filosofía de empresa que queremos transmitir. Y, bien, bueno, debido a azarosas circunstancias, carambolas, rebotes en la banda y…¿ustedes juegan al billar? —Preguntó más por no perder el hilo de sus divagaciones que por desear una respuesta, a la que no esperó—. Como decía,  a causa de una suerte de casualidades llegué a conocer a su madre, señor Whikoski. Influyentes personalidades me hablaron de su elevada colaboración en ciertas instituciones de renombre y que contaba, como insustituible báculo, con usted, que a la vez, goza de una envidiable reputación en su profesión. Ante todo he de pedirle disculpas por esta intrusión.

—Que va, calle, calle, mi hijo está muy orgulloso de poder aceptar un encargo de una empresa de su talla.

—Cierto que lo estaría si…

—¿Cuando quiere que empiece?

—Bien, bueno, el tiempo apremia, pero antes de que acepte, deberíamos abordar los detalles de la campaña y de sus emolumentos.

—Fantástico. A él le vendrá muy bien un cambio en su actual trabajo. Ahora es representante artístico, fascinante dedicación, pero dispone de mucho tiempo libre y una labor creativa siempre representa un aliciente.

—Pero, es que yo…

—Bien, bueno, pues si todos estamos de acuerdo comenzaré con lo que quiero que usted haga. Pretendo dar a nuestros anclajes una imagen de robustez y he pensado que esa idea se podría transmitir por medio de algo mucho más común y cotidiano, por medio de los clavos. Puesto que la empresa a la que represento se denomina “Anclajes Martínez S.A.“, en la campaña aparecerán los Clavos Martínez y en el eslogan que usted elija, eso es lo que debe de mostrarse. Si le propongo la próxima semana para ver un boceto, no creo que le apremie mucho ¿verdad?

—No creo que pueda…

—La semana que viene tendrá usted, no un boceto, sino varios. No sabrá con cuál quedarse.

—Estupendo. Creo que esta reunión ha sido muy satisfactoria para ambas partes.

El muy necio no mencionó ni una sola palabra acerca del dinero que iba a percibir. Tampoco se lo pregunté, en tal bruma me sumí durante toda la entrevista. Puesto que al parecer tenía tiempo de sobras, me dirigí a casa y me dediqué a lo mío. Sólo quedaba un poco de coñac (un litro) y cómo carecía de fuerzas para salir a la calle de nuevo, empecé el trasiego muy despacito.

La resaca volvió al día siguiente y se fue como tantos otros días, según la ley de los vasos comunicantes. En un estado indefinido y más porque me caía que por otra razón, me situé delante de mi desordenada mesa y de puro aburrimiento empecé a esbozar un dibujo, pensando si la visita a casa de mi madre pertenecía al mundo real o a la paranoia. Sin esfuerzo alguno y en un plis plas (varias horas), elaboré un posible boceto para la campaña del pamplinas Martínez. Lo metí en una carpeta y salí a la calle a comprar combustible con el dinero que no me había dado mi madre.

*******

Al cabo de unos días, el teléfono despertó.

—¿Y bien?

—¿Perdón?

—Soy tu madre.

—Ah, hola ¿Qué quieres?

—A veces hijo, pareces más imbécil de lo que en realidad eres.

—Ya.

—¡La campaña Martínez!

—A si, hace días que ya lo tengo preparado.

—¡Dios Santo, qué paciencia! Ven ahora mismo. No, mejor  voy a buscarte con el coche y vamos en persona al edificio de “Anclajes Martínez S.A.“. Esta mañana me ha llamado esa simpática persona que tuviste la suerte de conocer. Lo encontré realmente ansioso.

—Bien.

—¿Bien qué?

—Que vengas. Que me voy a ir arreglando.

Con tanta premura, no dispuse de tiempo suficiente para adecentarme con la meticulosidad de la anterior ocasión. No me duché, no me afeité, no me cambié los zapatos (al final, al final) y no gozaba de más ropa limpia que la última vez.

Mi madre ya estaba aparcando en la puerta de casa, con lo que mi rauda presencia ahorró un sufrimiento innecesario a los coches anterior y posterior.

Viendo su aspecto, mujer madura de unos sesenta años (a ciencia cierta, nunca he sabido su edad), que aparenta, sin embargo, tenerlos, si bien su aspecto, como decía, denota energía y mala leche, conserva ese aire bonachón y apacible de las mujeres de su edad. Pues bien, al volante, se transforma en lo que no es, es decir, lo contrario de lo que he dicho antes.

El trayecto fue una odisea e incluso una ilíada y aunque no me lo acabé de creer, llegamos sanos y salvos.

En el hall (anglicismo que significa recibidor), repleto de lujo y de detalles, figuraba una artificiosa y peripatética recepcionista a la que tuvimos que comunicar, so pena de muerte, a que piso nos dirigíamos, a quién queríamos ver, cuál era el motivo de nuestra visita, quiénes éramos, nuestro signo zodiacal, deporte y aficiones favoritas y si nos gustaba la última de Pedro Almodóvar. Por lo visto, pasamos esa prueba de acceso con un aprobado raspadillo y nos dejó continuar, no sin antes apuntarse nuestro DNI.

En la sexta planta, una hermana gemela a la empleada de abajo nos volvió a someter a otro test. Suerte que llevábamos la papeleta de la calificación anterior y esta nos granjeó el paso al despacho del señor Martínez.

El gerente se levantó raudo a besar la mano de mi madre y a mirarme  de reojo y con recelo, cosa que me molestó, puesto que yo era el absoluto protagonista. Cuando se hubo atrincherado de nuevo tras su mesa de madera noble y no habiéndonos sentado todavía por mor de las más elementales normas de cortesía, inició sobre mí una exhaustiva inspección de pies a cabeza. Fue tal su cara de asco que pensé que iba a vomitar. Si no lo hizo fue, seguramente, porque el ácido del estómago hubiera estropeado el esmalte de su mesa.

—Bien, bueno, siéntense por favor.

—Gracias. Ya ve que mi hijo ha cumplido su promesa y aquí estamos con un boceto que hará las delicias de grandes y chicos.

—Eso espero. Veamos que me tienen preparado.

Arrastré la carpeta por la mesa, cual crupier que ofrece cartas a un jugador. La tomó y  miró con desagrado las manchas de aceite, tomate y otros que la estampaban. La abrió, y se quedó contemplando el boceto con los ojos como platos. Tras unos minutos de absoluto mutismo e inmovilidad, fue inclinándose hacia un lado de su sillón y cayó al suelo. Mi madre se incorporó precipitadamente, no para socorrerle, como creí en un principio, sino para recoger el boceto, e imitando a nuestro anfitrión, cayó también al suelo, fulminada. Yo claro está, no salía de mi asombro.

En el boceto, se veía un cristo crucificado y un lema que rezaba (nunca mejor dicho): “Con clavos Martínez no se mueve ni Dios“. Tuve la delicadeza de añadir algunas tiritas a los estigmas de los costados y a alguna cicatriz, ora aquí ora acullá, consecuencia de la brutalidad de las huestes romanas. Sobre el clavo, que unía los dos pies a una cuña de madera, de mayor calibre que los de las manos, añadí, “Anclajes Martínez“, detalle propio de los profesionales meticulosos como yo. En el fondo se veía un edificio en construcción, con una estructura metálica y varios operarios andando sobre las vigas, sin cinturón, casco o cualquier otro tipo de protección, queriendo reflejar así la seguridad que ofrece este producto nacional e incluso español al cien por cien.

Mirando de reojo por encima de la mesa el cuerpo de la  parte contratante, comprobé que el único movimiento observable de debía a un tic que provocaba el movimiento de su brazo, y fuera casualidad o no, indicaba la dirección de la puerta.

Muy indignado, abandoné el lugar solo; mi madre continuaba en el suelo. Me fui a casa. Ante el vacío del reciente desprecio, no tuve más remedio que dedicarme de lleno a la bebida. Me preparé un cóctel de vodka, ginebra y limón (dos rodajas). Hielo no me quedaba; por motivos aleatorios e inciertos, la nevera se me había descongelado. A la mañana siguiente, o quizás fuera por la tarde, y tal y como estaba previsto, llamó mi madre.

—Ser rastrero e inservible. Desagradecido, miserable, cucaracha, lactovacilo casei inmunitas, símil de la flora intestinal, fiel reflejo de tu impresentable padre . . . .

—Amén.

—Me cago en… ¡Cállate! Por lo menos cállate y escucha. Ayer cuando tu amable  benefactor y yo recuperamos el habla, pensamos que habías tenido un shock emocional. Yo por mi parte, le conté que tras una campaña en la que promocionaste a Marylin Manson, una maligna influencia se había apoderado de ti.

—Eres una mentirosa compulsiva.

—Lo hago todo por tu bien, reptil del averno. El caso es que le he convencido para que te de una segunda oportunidad y quiere el boceto la próxima semana. Supongo que podrás ¿no?

—El caso es que no quiero hacerlo, no tengo ganas, detesto que manipules mi vida y en definitiva… ¿tengo opción?

—¡Claro que no! Bien que lo sabes.

—Lo haré.

Colgué con toda la mala saña de que fui capaz, que no era mucha, ya que el cóctel caliente que me estaba arreando menguaba mi fuerza y mi voluntad.

*****

Tal y como sucedió con el anterior boceto, el destino y el mucho culebrear entre los muebles, me llevó indefectiblemente a la mesa de trabajo, y también, y tal y como sucedió la última vez, el hastío y el absoluto aburrimiento hizo que blandiera un lápiz y esbozara lo que iba a ser, sin duda alguna, mi catapulta al mundo publicitario y una vía de escape a esta vida, que aunque a mi no me llegara a disgustar, todos decían que era una mierda (refiriéndose a la mía, claro).

Dos días después, o tal vez ninguno, o cuatro, mi teléfono volvió a gemir y una vez más lo liberé de su inexplicable sufrimiento.

—Buenos días, querido e inteligente hijo.

—Hola ¿Quién es?

—Tu madre.

—Es que no reconozco tu voz, y eso de que madre sólo hay una, no me lo acabo de creer.

—Eres patético.

—He escuchado recientemente un tema de Marc Parrot titulado “Mi nueva madre“ y te juro que he deseado creerle.

—Nauseabundo, vulgar, y encima, desagradecido, eso es lo que eres. Escucha, mañana he quedado a las seis de la tarde en la oficina de nuestro señor.

—Nuestro Señor sólo hay uno.

—Para lo que a ti respecta también, y está aquí en la tierra.

—Se me ocurre que quizás tú no deberías de venir. No pintas nada y además me usurpas protagonismo y coartas mi personalidad. En fin, que eres absolutamente prescindible.

—¡Tarado!

Colgó y yo regresé al sofá, a intentar encontrar entre los cojines una botella que hacía rato había perdido, y no necesariamente allí.

Me desperté a eso de las cinco de la tarde del día siguiente, y mientras me rascaba el trasero y las partes pudendas recordé con horror que iba a llegar tarde a la cita. Ya recordarán el problema que padecí con mi indumentaria la anterior ocasión. Bien pues esta vez, más de lo mismo. Para dar un poco de variedad a mi atuendo y dándome cuenta de que lo puesto olía francamente mal, decidí buscar en el cesto de la ropa sucia algo que mejorara lo presente  y ciertamente que lo encontré. Me enfundé un pantalón de mil rayas (no llegué a contarlas) no muy manchado, una camiseta negra donde un Papa iba pilotado por Kogi Kabuto; unas letras rojas, que la atravesaban de hombro a hombro, de grafía clara y llamativa, rezaban “Ratzinger Z”.  Por último, los zapatos los tiré a la basura en un arrebato de sentido común (un buen recurso para evitar la explicación prometida) y en su lugar me calcé lo único que encontré, unas botas de esquiar, pero sin esquís. Con las prisas no me pude asear, y la barba, el pelo grasiento y el hedor de mi boca prometieron una o ninguna amistad en las horas que estaban por llegar. Bajé por el ascensor  (por la escalera me hubiera matado) y una vez en la calle llamé a un taxi.

La recepcionista, que no me había reconocido, supongo que por las botas, ya se disponía a examinarme. Por supuesto saqué del bolsillo mi anterior calificación y pasé tranquilamente.

La cara de mi madre y de “nuestro señor” cuando me vieron atravesar la puerta no se diferenciaba en gran medida a la que adoptaron al ver mi primer boceto.

—Perdón por el retraso, pero es que estaba esquiando en Andorra y de repente me he acordado de la cita.

—Hijo, estamos en Agosto.

—Allí hay nieves perpetuas.

—Bien, bueno, no importa si hay nieve en Andorra o no. Vamos a lo nuestro.

—Ahondando en el tema y si me lo permiten, Andorra, está hermanada con Calcuta, y si me preguntan porque les diré que es por…

—No te lo preguntamos hijo, simplemente cállate y muéstranos lo que has traído.

Efectivamente lo hice, pero esta vez, para dar un mayor golpe de efecto, me levanté y me separé unos pasos de la mesa; a renglón seguido levanté en alto el cartel. Sus miradas iban de mi camiseta al cartel y viceversa. Empecé a pensar que yo, o los carteles que dibujaba, o ambas cosas, poseían poderes hipnóticos. Ahí quedaron rato y rato como si estuvieran contemplando un partido de ping pong.

En el boceto se apreciaba un crucifijo vacío, es decir, sin nadie crucificado y un cristo despachurrado, desparramado o simplemente caído al pie de este, con un lema en la parte superior que proclamaba “Con clavos Martínez, esto no hubiera sucedido“. Además, intuí enriquecedor el añadir a unos grafiteros haciendo de las suyas en el madero con frases tan combativas como, “pantanos no“, “viva la silla eléctrica“, “crucifixión sí, pero ecológica“. También, de fondo, a unos harapientos que acababan de robar los clavos de Cristo y una placa de bronce labrada donde se leía  “INRI“.

Guardé en la carpeta el cartel y como no denoté reacción por su parte, comencé la retirada. Cuando estaba cerrando la puerta, todavía seguían en la misma posición y moviendo los ojos  a izquierda y a derecha.

Una vez en casa, me quité la ropa de gala y me vestí con algo más cómodo, unas chanclas. El vacío me poseyó de modo persuasivo y mil preguntas y otras mil respuestas se agolpaban en la cabeza. Lo malo es que no sabía que respuesta correspondía a cada pregunta. Me sentí muy deprimido, abandonado y sobre todo, maltratado moralmente. Con este panorama “esperanzador” en ciernes y sobre todo, con la absoluta seguridad de que nadie más volvería a encargarme ningún proyecto (¿no es eso lo que quería, que me dejaran en paz?), intenté prepararme un cóctel un poco más apetecible que el último. La nevera ya fabricaba hielo y el mueble bar, bien provisto, sonreía exultante. Me empecé a animar pensando en que no todo me iba a salir mal, en que la borrachera desencadenaría momentos muy apetecibles y en que no tenía que malgastar el tiempo en estúpidos encargos. Para variar, puse un poquito de música, no muy alta, y empecé a bailar por el salón (si es que a eso se le podía llamar bailar).

Horas después, (ya no es importante hablar de días. El día es un agrupamiento de horas y para mi, veinticuatro horas es una cantidad muy pequeña como para que pueda medir mi vida en días. Yo casi preferiría la semana, pero como no quiero que ustedes se pierdan en el tiempo, hablaré de horas, veinte, treinta, quizás cuarenta, no lo se. Si ustedes han sido alcohólicos alguna vez, espero que sí, me comprenderán perfectamente), me encontraba tirado en el suelo de la cocina. No recuerdo apenas nada. Me levanté, y, de camino al water, vi la carpeta del boceto encima de la mesa, junto a latas de cerveza vacías, y otros envoltorios, algunos de ellos, me avergüenza reconocerlo, alimenticios. La sujeté entre mis manos; no podía evitar la tentación de contemplar de nuevo esa obra de arte rechazada. Tuve que restregarme los ojos,  la nueva visión que se me ofrecía era digna de espanto. Ya no estaba el cristo al pie de la cruz, ni en ningún otro sitio. Alguien había saboteado mi trabajo, quizás mi madre, que quería volverme loco. En estas, oí un gemido detrás del sofá y me quedé paralizado. El autor de la fechoría se ocultaba con osadía en mi casa. Así una botella de Dyc (vacía), y empuñándola (si es que eso se puede hacer con una botella) me abalancé hacia él. ¡Joder! era el mismísimo Cristo que había escapado del dibujo.

            —¡Ayúdame imbécil!

            —Hablas como mi madre.

            —Tu madre tiene toda la razón del mundo, eres un mentecato.

Lo ayudé a levantarse, cosa que resultó laboriosa. Estaba lleno de sudor, sangre y escupitajos por todas partes, y se escurría como una culebra.

            —Gracias. Ah, y gracias también por las tiritas, me han ido de pistón.

            —De nada, yo soy así.

            —Eso no es precisamente positivo.

Por una vez y desde hacía mucho tiempo, me sentí cómodo con alguien. Daba mucha más pena que yo. Olía fatal, el taparrabos ese estaba más guarro que mis gayumbos y en fin, no parecía del tipo de persona con la que uno quisiera pasar una velada. Le di una toalla para que se pegara una ducha y le proporcioné cuchillas de afeitar y otros enseres útiles en menesteres semejantes. Pensé que podía aprovechar la coyuntura y proceder del mismo modo después.

—Te dejaré algo de vestir, debemos de tener la misma talla, más o menos. Pero te advierto que esta todo guarro.

Cagüen la leche, vamos a hacer la colada del año, ya va siendo hora de que te adecentes un poco.

Tendrían que verlo, todo un marujón. Puso tres o cuatro  lavadoras, tendió la ropa, recogió, escobó, fregó y ordenó, todo en un abrir y cerrar de ojos. En definitiva y para que se me entienda, y teniendo en cuenta quien era, en un santiamén. Incluso se ofreció para bajar a comprar algo sólido, con un poco de dinero que le facilité.

Sentados en la mesa de la cocina, él engullendo y yo intentando no vomitar, me contó, que yo no había hecho dos bocetos, que se cayó del primero y que los clavos esos, los clavos Martínez, eran una estafa. En mis alucinaciones alcohólicas imaginé haber dibujado un segundo trabajo. Él fue el que borró el primer eslogan y escribió el segundo, lo cual dice mucho a favor de su sentido del humor. Nadie mejor que él para saber que todo es mentira, y no me refiero sólo a la efectividad de los clavos Martínez.

FIN.

NOTAS:

1.-A partir de ese día nos convertimos en inseparables. No me gustaba el nombre de Cristo y lo llamé Inriquito. No quería abusar de sus ultra poderes, pero no pude impedir pedirle un deseo (el genio de la lámpara ofrecía tres), que convirtiera a partir de entonces toda el agua del grifo en vino. Me complació. Además no lo hizo por cumplir, es decir, no procedió de cualquier manera; el vino no era un simple joven del año, sino un gran reserva.

2.-Evidentemente, no voy a dar detalles de mi postura en el sofá. Esto es una historia decente y no estaría bien visto detallar cosas fuera de lugar o mear fuera de tiesto (¿es lo mismo?).

3.-Como habrá podido comprobar el avispado lector, este relato es una versión libre de un chiste muy conocido que se ha contado en muy diversas versiones y foros. Unos utilizan el apellido Martínez y otros lo alargan o acortan según los gustos. He creído que como presentación de este personaje que tanta felicidad les va a aportar de aquí en adelante, homenajear a la cultura popular no podría resultar más oportuno como trampolín a Pablo Whikoski.

4.-Viene rodado el que aproveche la oportunidad de aclarar que el apellido del protagonista es un claro tributo a Bukowski y a su emblemático personaje Chinaski.

Autor: Miguel Angel Salinas   
 
 
                                                                 
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