Boo Radley

Boo Radley

 

En un recóndito pueblecito de la olvidada y vaciada provincia de Huesca, vivían Aurelia y Toribio. Amigos desde que nacieron, se complacían  de su mutua compañía cada ocasión que se les presentaba. Paseaban distraídos, manteniendo triviales conversaciones al amparo de sombreados caminos y solitarios paisajes. Un impertinente sol, ya en retirada, los acompañaba como fiel escudero y eficaz testaferro de sus palabras.

Ambos, rayando los dieciocho, el por debajo y ella por encima, habían acabado el bachillerato. A su pesar, eligieron diferentes destinos para sus propósitos universitarios. Uña y carne, saboreaban cada día que les restaba hasta su partida como irrecuperable tesoro.

Si consta una definición válida de la amistad, una que recoja a todos y cada uno de los miles de millones de personas que existen, han existido y existirán, en ella deberían de figurar ambos como aclaratorio y perseverante ejemplo. Aurelia y Toribio conocen cada uno de los resquicios y recovecos, cada pensamiento no pronunciado, cada intención todavía no puesta en práctica del otro. Son dos personas porque nacieron de dos vientres diferentes, en días diferentes, sólo por eso.

El cariño que se profesan no guarda parangón ni sigue patrón alguno. Su afecto es verdadero amor y preocupación. Esa catarsis los apartó en la pubertad de mantener una relación de pareja y los aproximó de manera inexorable al estado más puro del respeto mutuo. El mero pensamiento de una separación los sume desde hace semanas en una insoportable cuenta atrás.

Las escasas relaciones amorosas mantenidas desde adolescentes jamás han llegado a entender el apego irracional que los unía. Ese enigma, ha provocado la ruptura en más de una ocasión. Dolidos, parias de las circunstancias, debieron de asumir tal falta de tacto e incomprensión con educación y deportividad. Nunca su comportamiento se tornó vehemente. Tan sólo acataron a lo que la incultura general los abocaba.

En un momento dado, circunvalaron la propiedad de Aniceto. Los dos notaron un escalofrío por la espina dorsal, se estremecieron. De soslayo, observaron la descuidada casa y repararon, en comunión, en las habladurías y chismorreos de los lugareños. Aunque el raciocinio y el pensamiento adulto desdibujara las imágenes fantasmagóricas inculcadas a cincel en su remota niñez, nunca abandonaron la idea de que algo de cierto podían esconder tales leyendas.

 

Aurelia, lectora voraz, engulló Matar  un Ruiseñor en apenas tres días. Se lo recomendó a Toribio. A este, lector menos compulsivo, no le atraía la idea en absoluto. Después de acabarlo, no se arrepintió. O quizás sí. Esa fue la mecha, que prendida, inició una suerte de conversaciones y desvaríos, complemento en absoluto positivo acerca de Aniceto y sus fantasmas. Melchor decidió adjudicar a su amiga el apodo de Scout, narradora de la novela de Harper Lee. A Aurelia le hacía gracia que la llamara así.

Por aquella época, en la que obtenían más brío y coraje que ahora, realizaban escapadas fugaces al anochecer con el propósito de merodear la casa de Aniceto. Apostados tras enmarañados matojos, espiaban las inmediaciones de la deteriorada vivienda. Oyeron lo que creyeron oír y vieron lo que su imaginación quiso ver. Pero ningún ser ni ente entró o salió de ese lugar. Ningún ruido ni fenómeno extrasensorial ocurrió, más allá del provocado por el viento.

En el fondo, inducidos por la novela, esperaban que una especie de Boo Radley habitara el sitio. Un descendiente olvidado de Aniceto. Algún hermano desconocido, cierto familiar escondido por su minusvalía, por sus defectos monstruosos. Los habitantes del contorno hablaban de espíritus, de que ocurrían cosa raras en las proximidades. Por eso nadie deambulaba jamás por allí y por eso quizás a ellos les agradaba frecuentarlo. De adolescentes, por el miedo a lo desconocido y ahora, casi en edad adulta, por cerciorarse de si Boo Radley los seguía observando a través de los sucios cristales, escondido entre cortinas y visillos, protegido por la sempiterna oscuridad interior.

Parados, sin traspasar la verja, aguardaban a que el sol desapareciera completamente. Deseaban despedirse de Boo y pedirle que no se olvidara de ellos, como una plegaria a un dios. Si él los protegía y los mantenía unidos en la distancia, ellos prometían acercarse a visitarlo siempre que pudieran.

El sol se ocultó y tanto Aurelia Scout como Toribio temblaban, no discernían si del fresco de la noche o del significado del momento.

De repente, advirtieron un sutil movimiento en una de las ventanas y por primera vez en su vida, vieron como dos ojos tristes, auscultadores y cansados, les decían adiós, parpadeando, pausada y maternalmente.

Nunca antes, desde que visitaban la casa prohibida, regresaron al pueblo sin correr, sosegados y en silencio.

 

FIN

Autor: Miguel Angel Salinas

¡¡Suelta lo que llevas dentro, desahógate!!
 
 
                                                                 
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