La necesidad hace virtud, o algo así

La necesidad hace virtud, o algo así

 

Nicasio se agobió buscando la llave apropiada para abrir la puerta. El manojo le bailaba entre las manos y se le caía una y otra vez. Se maldecía y blasfemaba. Había repasado cada una de ellas y no reconocía la apropiada. Más de una vez pensó en separar la del portal y la del piso en un llavero diferente, pero nunca lo había conseguido.

 

La decisión de salir a dar una vuelta, sin duda alguna, no fue acertada. Sabía, debió haber imaginado lo que ocurriría.

Por la tarde se encontraba desasosegado, intranquilo. Mil ideas desordenadas le bullían en la cabeza. Las burbujas provocadas por el proceso físico, le hincharon el cerebro y estas se le filtraban por las orejas, únicas válvulas de presión. No pudo permanecer por más tiempo solo, encerrado entre las cuatro paredes sucias de color cagarrinoso, que no había logrado pintar en los diez años que llevaba alquilado en ese miserable sitio. Lo mismo que le ocurría con todo lo demás. Jamás hacía nada. Pensaba y pensaba, proyectaba planes, pero estos no los llevaba a término. La única vía de escape que creyó propicia para calmar su desazón, fue la habitual, la más sencilla, la peor. Llamar a Filipi.

Uno de las razones que lo hizo vacilar sobre si salir o no fue el calentador de agua. Se le estropeó dos días atrás y aún esperaba que el Potras, amigo de la infancia y fontanero para más señas, fuera a echarle un vistazo. Nicasio no disponía de liquidez para permitirse dispendio alguno. Su dinámica rutinaria desde hacía unos años (desde que perdió el último empleo), consistía en ir tirando de favores. No le apetecía ducharse con agua fría y menos con las temperaturas tan gélidas con las que despuntó ese mes de noviembre, pero hizo de tripas corazón y el trámite (con grititos incluidos) duró lo mínimo necesario.

Una vez se hubo vestido, llamó a Filipi. Este le debía unos cuantos favores y no se negaría a pasarle un gramo por la filo. Por otro lado con el Filipi se llevaba bien. Solía aplicar el “hoy por ti y mañana por mí”. A las ocho timbró en su portal. El Filipi no vivía lejos, a unos diez minutos andando. Su bloque, de una categoría superior al de Nicasio, no era de protección oficial. El apartamento de Filipi, otrora de sus fallecidos padres, se situaba en una zona de posibles, aunque su actual morador viviera de un modo sencillo.

El Filipi lo invitó a una birra y tras la “transacción comercial” le aseguró que no se movería de allí, que una inesperada gripe lo estaba martirizando.

Nicasio volvió a la intemperie. Al frío, se había sumado un aire glacial y molesto que desanimaba a salir a la calle. Por eso no se topó  con un alma en su trayecto al Marleen, un garito de ambiente incierto y música rara. Era bonito, el primer propietario se debió de gastar una fortuna en dejarlo a su gusto (gusto de entonces). El decorado, entre pub cásico, bar de rock and roll  y antro de cucarachas, lo hacía aunque suene increíble, un lugar confortable. Su cálida luz, sus innumerables recovecos, el billar a menudo solicitado, una clientela perseverante y unos camareros familiares, invitaban a entrar y permanecer.

Nicasio conocía a todo el mundo y todo el mundo lo conocía a él. Diríase su segundo hogar. Jaime, propietario y camarero esa noche, no podía ocultar su preocupación ante la abultada deuda que Nicasio había contraído con él al paso de las semanas. Este, cada vez que se personaba,  la rebajaba  aunque fuera con diez euros. Se le adivinaba voluntad. Por eso Jaime sabía que no le podía apretar las clavijas. Tal y como Nicasio repetía,  «estoy mocao, tío».

En el Marleen se entretuvo hasta que cerraron a eso de las cuatro. Los últimos veinte euros que le quedaban los reservaba para otro tugurio en el que podría aguantar unas horas más. En realidad el sitio carecía de nombre. En sus inicios fue una barra americana, pero el actual gerente no quiso invertir “ni un clavel” en reforma alguna. Lo llamaban el Rojo, debido a los colores que predominaban en paredes y expositores y a determinadas bombillas que aún conservara el local de tiempos más inciertos, en los que el negocio de regentaba de otra manera. Para entrar, resultaba perentorio llamar a un timbre camuflado en un lateral de la verja. Francisco, el provecto propietario, asomaba la nariz y si le gustaba lo que veía abría.

La media de edad de la concurrencia,  todavía más familiar que la del Marleen,  marcaba una sutil diferencia. Si en aquel los parroquianos mostraban un amplio abanico de edades y comprendían un espectro más holgado en cuanto a aspecto, aficiones y gustos musicales, en este, uno se tenía que contentar con un elenco reducido. Dos cincuentones alcohólicos que representaban uno de los pilares del antro; Marijose, un ama de casa ludópata y más alcohólica que los anteriores; Francisco, que aparecía y desaparecía como el Guadiana; Marisa, la camarera y a la sazón pareja de Francisco y los eventuales, como Nicasio. El lugar no respondía a horarios. Clandestino en su forma y fondo, su horario discurría según el antojo de Francisco. Concluía en el momento en el que consideraba el dinero de la caja  suficiente.

Hablando con Marisa, Nicasio se daba cuenta de lo pasado que iba. En un rápido cálculo mental advirtió que lo que le quedaba en el bolsillo daba para un viaje más al baño y para una cerveza. Así es que pidió esta última y mientras se la servía, se levantó del taburete y dijo que volvía enseguida. Siempre se sentía apesadumbrado cuando se metía la última raya. Marcaba un fin, un acabose, un tener que volver a casa. Una mierda, en definitiva.

 

Por fin consiguió acertar con la llave y abrir. Olía a frío. Podía verse su aliento a la perfección. La única posibilidad, el único fantástico plan en ese momento radicaba en arroparse en la cama para darse calor, pero con la tralla que llevaba en el cuerpo sabía que tardaría mucho en conciliar el sueño. En ese estado pastoso, espeso, como el de una miasma que no se puede penetrar, se le ocurrió que quizás podría estirar la noche (el día ya) probando un último cartucho. Sabía que Nati había salido. La vio en el Marleen, aunque no le apeteció ir a saludarla. La Nati y él estuvieron muy unidos en el pasado. En un pasado no demasiado lejano. Congeniaban, convergían en muchos aspectos de la vida. Compartían pesadumbre y desconsuelo, más bien lo último. Si algo los unió durante casi dos  años fue la existencia tan desdichada y amarga por la que atravesaban ambos.

Nati contaba con el apoyo de su familia. Estos formaban parte de una clase social media alta y representaban para ella un soporte económico fundamental. O les pedía dinero con frecuencia, con más asiduidad que la corrección indicaría, o su madre, sobre todo ella, se lo ofrecía con periodicidad. Y  lo aceptaba sin rechistar. Tal  y como le transmitieron durante su costosa educación,  tomar los regalos y dar las gracias era lo correcto.

Nicasio sabía que Nati aún estaría por ahí. Su reloj Casio de pulsera marcaba las siete de la mañana, las siete y cuarto de hecho. Seguro que se las supo ingeniar para dilatar la noche con astucia. Así es que en un acto reflejo marcó su número, sin ninguna esperanza y con poca convicción, tan solo movido por el veneno que lo propelía. Ante su asombro, respondió al cuarto tono. «Estoy en casa de Rober. Dice que te vengas si quieres. Estamos en familia. Él, yo y Elena». Sin pensarlo ni un segundo, salió en estampida.

La dirección de Rober quedaba un pelín lejos. Poco más de veinte minutos. El aire mostró su enfado arreciando la velocidad y las temperaturas, con el amamnecer en ciernes, habían bajado a las mínimas. A Nicasio se le caía la moquita y le divertía pensar que quizás las gotas viscosas, al llegar al suelo, fuesen ya estalactitas que se clavaban en la acera, dejando una suerte de alfombra de faquir a sus espaldas.

Fue el Rober el que le habló por el interfono. Al entrar en el salón, un esperado ambiente pasado pero divertido lo recibió. La música sonaba un par de puntos más alta de lo debido, no obstante, las risas desencajadas y las conversaciones apenas si dejaban apreciarla. Con el sobrenombre de mesa de operaciones, Nicasio y su entorno se referían al lugar en donde se colocaba la farlopa para ordenarla en rayas. En el mismo lugar solían depositarse las bebidas y cualquier otro entretenimiento propio del momento.

A Nicasio le dio la impresión de haber interrumpido una conversación, de que con su llegada una cierta armonía se esfumó.  Pero probablemente tan sólo fue eso, una conclusión no demasiado objetiva, a juzgar por el estado en el que se hallaba cada uno.

Elena se le antojó especialmente guapa. Hacía semanas que no la veía. Le llegaron rumores de que trabajaba fuera y que solía volver algún que otro fin de semana. Había querido hincarle el diente repetidas veces, pero nunca logró llevar a buen puerto su deseo. Entre otras razones, porque una íntima amistad la unía con Nati y seguro que a esta no le gustaría que entre ellos dos hubiera algo. Ya eran  mayorcitos como para andarse con tonterías, pero así estaban las cosas.

En ese tipo de reuniones se desconoce cuándo va a acabar la fiesta. A eso de las once de la mañana, cuando parecía que se iba a diluir,  el Rober volvió con otra bolsita. Con un mutismo total y en comunión, acogieron con naturalidad el hecho de continuar en rededor del “altar”. Rober lanzó al aire el sutil comentario de que ya no quedaban  cervezas. Eso significaba que alguien debería de bajar al súper veinticuatro horas de dos calles más allá. A nadie le atraía la idea. A esas horas y con la luz del sol, se haría todavía más evidente el desfase que exhibían. Fue Nicasio el que se ofreció. Aseguró no llevar encima más que tres euros. Elena se apuntó a acompañarlo, ella pagaría “la ronda”. Eso es lo que dijo, literal. Menos Nicasio, el resto rio abierta y sonoramente.

Un bonito sol les dio de lleno en la cara. Elena se parapetó tras unas gafas de sol, nada discretas, todo hay que decirlo (Nicasio, ni de joven ni de adulto había usado gafas de ningún tipo). Elena  hablaba sin parar. Nicasio se sentía cohibido, se limitaba a escuchar y asentir.

A esa hora del domingo no deambulaba casi nadie. El súper, casi vacío, resultaba tétrico y desolado. El chico que reponía ofrecía el mismo aspecto lastimero que ellos. Y la cajera se los miró de soslayo, como reprobando su aspecto, aunque se limitó a sonreír.  Nicasio tenía un hambre de mil demonios. Por su escaso peculio, no se atrevió a proponer la compra de productos sólidos. Como las tripas de Elena afortunadamente también crujían, esta añadió al carro dos fuets y unas lonchas de chorizo envasadas al vacío.

De vuelta, se encontraron con un Rober y una Nati en animada conversación. Diríase que su ausencia les pasó inadvertida. Esa impresión fue la que la escena les produjo.

Las horas pasaban sin que apenas ninguno se apercibiera. El reloj marcaba las cinco de la tarde. Elena y Nati trabajaban al día siguiente, por eso,  tan solo ellas dos miraban su muñeca izquierda con preocupación y constancia. Nicasio como ya hemos comentado seguía en paro y el Rober, bueno, a él nadie le conocía profesión ni oficio alguno. El Rober era un personaje de la noche. Alguien al que la mayoría conoce de vista, pero de nada más. Nadie podría aportar un simple dato sobre él.

En un momento dado, las chicas se fueron y el Rober le pidió a Nicasio que se quedara un rato más. Una vez solos y ante el asombro de Nicasio, el Rober volvió con otra bolsita. Este preguntó a su invitado si aún quedaban cervezas (el Rober hacía mucho que no visita  la cocina para  avituallarse). Nicasio murmuró que habían comprado un palé. La respuesta del Rober fue una sonora carcajada.

A Nicasio le dio la impresión de que el Rober pretendía decirle algo desde el momento que llegó. Es más, sospechaba que lo invitó con la única razón de hablar con él. Y no se equivocó.

—Verás Nicasio, hace días que quería mantener una charla contigo. Lo de esta noche no ha hecho más que adelantar los acontecimientos.

Nicasio quedó un tanto perplejo. Ni siquiera respondió, prefirió que el Rober siguiera hablando.

—Sé que no vas bien de pasta. Bueno, todo el mundo lo sabe —se rió. A Nicasio no le hizo ni pizca de gracia—. Me ha llegado un asunto que quizás podría interesarte. Te puedes sacar un buen pellizco y no es en absoluto complicado.

La artificiosa atmósfera en la que el Rober camufló el tema, puso en guardia a Nicasio. Demasiado envoltorio en papel de regalo.

—Te lo resumiré rápido. Se trata de que te cases y a cambio recibas una compensación económica.

Nicasio se decidió por fin a abrir la boca, pero el Rober, con la rapidez y la verborrea que propician la coca y el alcohol, le impidió articular palabra.

—Hay cierta mujer que necesita casarse. Vive en la ciudad, pero su padre no. Este está en las últimas; un cáncer de páncreas. No le debe de quedar mucho. Parece ser que con su hija han tenido sus más y sus menos. Mientras vivía la madre, la situación se sostenía, pero una vez muerta esta, la chica marchó del pueblo. No quería saber nada ni con el sitio ni con su padre, único pariente que se le conoce.

»El padre, lo último que le advirtió antes de verla coger las maletas fue que si se iba y lo dejaba tirado como a un perro, la desheredaría. Ella, desoyendo tamaña amenaza y otras impropias palabras que un padre jamás debería de proferir a una hija, marchó sin contemplaciones. Por lo visto el hombre, en la antesala de la muerte, se siente más abandonado ahora que antes. Se le ha reblandecido el corazón y ha establecido una especie de tregua con su retoño.

»Al padre y futuro benefactor, de dolía el hecho de que no hubiera descendencia. Esas tierras, la hacienda del pueblo, el resto de patrimonio familiar, el dinero acumulado en el banco, no guardaban más recorrido que el de acabar en manos de su hija. El hombre aspiraba a prolongar la estirpe, que el acervo familiar quedara en el futuro en un círculo consanguíneo. Por eso, refirió a su hija una singular propuesta. Si quería heredar,  debía de casarse antes de que él muriera. En caso contrario  donaría el total de los bienes y posesiones a las Hermanitas de los Pobres. La chica, mujer ya, se lo repensó unas cuantas veces y al final decidió aceptar. Y ahí es donde entras tú.

»La hija no es una beldad. Es más bien fea y poca cosa, para que vamos a engañarnos. Por otro lado es de carácter tímido y retraído, y ya cercana a los cuarenta, no se ve saliendo a ligar por ahí. Resulta que por circunstancias que no vienen a cuento, conozco a un compañero suyo de curro. Intuyo que el único amigo que ella debe de tener en este mundo. Me planteó hace unos días la situación, pidiéndome encarecidamente que le echara un cable. Le dije que no se preocupara, que hallaría al candidato, y enseguida pensé en ti. Eres la persona ideal.

Nicasio meditaba en silencio y acaso para cobrar un necesario brío, se agachó para meterse otra raya.

»Ya sé que lo ves difuso todavía. Te voy a ampliar los detalles más sustanciosos. Ella ofrece cien mil euros por la boda, que será en un juzgado y de la manera más rápida y austera. Tendréis que convivir hasta que el padre  muera y una vez lo haya hecho, está previsto un divorcio tan rápido o más que la boda. No tendréis que dormir en la misma cama, si es lo que te preocupa. Se trata de representar un paripé y de que su padre no cambie el testamento. ¿Cuánto puede durar la situación, cuatro, cinco meses? Lo veo clarísimo. Un dinero fácil, llovido del cielo.

»Si te estás preguntando  por qué no lo hago yo, te responderé. Conozco a la mujer y sabe que tengo relación con su amigo. No creo que fuera buena idea. Además, mi fama me precede. No, debe ser alguien desconocido en su círculo, alguien discreto y silencioso como tú.

»Y no negarás que cien mil pavos por unos pocos meses de trabajo es una cifra más que justa. Además, libres de impuestos.

»Piénsatelo, tómate tu tiempo, pero dame una respuesta el miércoles a más tardar. Si es un no, tendré que buscar a otro y no vamos sobrados de tiempo.

El móvil del Rober se iluminó, un mensaje acababa de entrarle. Nicasio se fijó en la hora que mostró la pantalla, las ocho de la tarde. Ambos sentíanse muy pasados y consideraron oportuno retirarse a descansar. A Nicasio, el trayecto hasta su casa se le hizo eterno, no veía la hora de meterse en la cama. Ni siquiera dio vueltas al sorprendente asunto que el Rober le expuso. Lo único que le rumió en la cabeza hasta que concilió el sueño fue el motivo que impulsaba al Rober para actuar de conseguidor, de intermediario. Seguro que una pequeña prima percibiría por la gestión.

Se despertó a las dos de la tarde del lunes. Disfrutó un sueño de diecisiete horas. Lo necesitaba. Unas ganas apenas contenidas de ir al baño lo impulsaron a apartar ligeramente las mantas que lo cubrían. Inmediatamente se percató del frío atroz imperante. Al carecer de calefacción central,  los radiadores eléctricos ofrecían la única fuente de calor a su disposición. No podía permitirse el lujo de derrochar dinero en eso. Lo del calentador, eso sí que debería de solucionarlo, y rápido. Resultaba infrahumano lavarse como los gatos  con agua fría.

Sentado en la taza,  retazos de la conversación que mantuviera con el Rober atravesaban su cabeza, como un incesante trasiego de vehículos en una autopista, en cualquier dirección y a gran velocidad. No se le escapaba  que mientras el Rober se lo contaba,  para sus adentros ya le dijo que sí. Ninguna solución guardaba en la recámara para escapar de la aciaga, de la infausta vida que llevaba.

En cuanto se hubo despejado y alimentado  mínimamente, lo llamó y aceptó el ofrecimiento. Le preguntó lo que no había salido a la palestra el día anterior, ¿en qué momento cobraría? El Rober respondió con palabras salidas de la boca de ella, «en el momento en el que sea poseedora de la herencia». A Nicasio no le convencía. Era el único punto flaco, la única arista que limar, el único pero que  interponer. No podía esperar varios meses a que muriera el padre y a  que ella recibiera la herencia. El Rober le dijo que no se apurara, que lo hablaría y que posiblemente un pequeño adelanto le parecía posible.

Por otro lado,  a Nicasio no se le escapaba que el vivir a mesa puesta sin tener que pagar recibos, ya representaba de por sí un plus. De eso no fue consciente al principio. No tendría que pagar luz, agua, gas, comida y podría vivir aunque fuera por una temporada en un lugar no hostil.

Sólo una vez quedaron antes de la boda. El Rober los presentó. Nicasio reconoció que efectivamente a la mujer no había por dónde cogerla, fea y con un cuerpo que si bien no deforme, rozaba la asimetría con bastante exactitud. En ese encuentro pactaron un adelanto de diez mil euros el día de la boda.

Esta trascurrió con más pena que gloria. Los dos testigos de rigor fueron el Rober y el compañero de trabajo de Rosario. Al acabar la ceremonia, ella rechazó cualquier celebración y de modo vehemente comunicó sus ganas de irse a casa. Le dijo a Nicasio que él hiciese lo que quisiera, pero que ella se retiraba. Nicasio, en su nuevo papel de fiel esposo, la acompañó.

El piso, también de alquiler como el suyo, le pareció un lugar confortable, limpio y agradable. Rosario no fue agraciada siquiera con el don de la palabra, y detrás de su timidez se escondía un carácter oscuro y poco comunicativo. Recién entraron, ella lo condujo a la que sería su habitación. A Nicasio le agradó al instante. Le informó de los horarios de la comida y de la cena, y si no le convenían, que ahí tenía la cocina. Disponía de libertad absoluta.

Nicasio se sintió más desamparado que en su propio “hogar”, más triste. La coyuntura se le antojó más patética y sin sentido que su anterior realidad. Para calmar en lo posible esa zozobra, decidió irse  en busca de ropa y de sus escasos efectos personales. Antes de salir gritó «luego vuelvo». Y marchó.

Apenas entrados en diciembre, el frío se intensificaba con crueldad. Ese invierno venía mostrándose implacable y parecía  no estar dispuesto a plantear una tregua. Nicasio, al traspasar la puerta, sintió como si accediera a una cámara frigorífica. Tuvo la tentación de abrir las ventanas para que entrara el ausente calor de la calle, para que saliera una brizna del frío contenido en el interior. Llenó una bolsa sin orden, con atropello, como si le hubiera surgido un viaje repentino, como si careciera de tiempo, como si alguien lo persiguiera. A punto de marchar,  una razón desconocida lo arrastró al sofá y lo sentó.  Depositó la bolsa en el suelo y reclinó la cabeza de modo que su nuca se acomodara lo mejor posible.

La nueva situación, las circunstancias, habían seguido unos derroteros imprevistos. Se sintió como un pelele, sin voluntad. En ese momento se acordó de Paco, un amigo de la adolescencia al cual enchironaron. Cumplió cuatro años. Estuvo con él antes de ingresar en prisión, horas antes, y la desolación que sintió su amigo en aquel momento era la misma que le recorría el cuerpo ahora. Sin principios morales, desarraigado de la sociedad, sin anhelos, sin planes de futuro, sin ilusiones. Y lo peor, sin ganas de nada, de que algo mejore. Como una alimaña, movido exclusivamente por el instinto de supervivencia y dejando de lado su condición humana. Sin la presencia de una voz interior que le diga que algún día el panorama cambiará, que llevará una vida como la de cualquier otro. Que dejará de improvisar, de ir a salto de mata, que le moverá una ilusión, una meta, un medio que le reporte además de comida o dinero, cierto beneficio espiritual.

Sentado ahí, viendo como exhala su aliento y se diluye al segundo, contemplando lo cutre y siniestro de ese salón, se dice que aunque se ha metido en otra mierda, que ha ido de Guatemala a Guatepeor, que  no ha hecho más que bajar otro peldaño hacia el infierno, se dice que es el momento de cambiar. Que aprovechará la coyuntura para extraer lo bueno y tirar a la basura lo malo. Que administrará ese beneficio económico que le va a caer para comenzar una nueva etapa. Que es ahora o nunca.

Hacer de la necesidad virtud era algo en lo que siempre había creído Nicasio.

Se levanta de un salto y con una euforia inusitada sale a la calle. Mientras se dirige a su improvisado nuevo hogar, piensa con pesadumbre que lo que transporta en esa roñosa bolsa son casi todas sus pertenencias. Lo que ha dejado en el piso, ya sea material o afectivo, es de  un escaso valor o nulo.

 

Al cerrar la puerta a sus espaldas, percibe un agradable aroma a comida, a caldo. Saluda a Rosario. Esta le devuelve el «hola» y sigue con su trajín en la cocina. Tras dejar la bolsa en la habitación, va a su encuentro y se dispone a estrechar, si acaso un tanto, la relación en ciernes. Más que a estrecharla, a iniciarla.  A fin de cuentas, deben de permanecer varios meses en esa isla desierta y es mejor entablar comunicación, crear algún lazo, si  no afectivo, por lo menos cordial, meramente social.

Rosario es una mujer extraña. Su hermetismo esta hecho a prueba de bombas. No se lo ha mirado ni una sola vez. Se hace la ocupada y responde con monosílabos, siempre dándole la espalda. A Nicasio le incomodó  al principio, pero en seguida reconoció que si él no estaba asimilando la situación, a ella debía de pasarle lo mismo, o peor. Es más, ni siquiera conocía lo sustancial de su compañero, de su marido. Podría pensar que era un psicópata con intenciones aviesas y retorcidas. Pero no se la notaba acobardada. Se debió hacer a la idea de ese nuevo escenario mucho tiempo atrás. Lo debió de estar meditando largo y tendido. Sencillamente, rebosaba de timidez y adolecía de la costumbre por las relaciones de pareja, y de poca o ninguna destreza para el trato social.

 

Y el tiempo pasó, las semanas pasaron y el padre de Rosario murió. Los trámites de la herencia fueron más rápidos de lo que Nicasio  hubiera sospechado. De hecho no transcurrieron más de unos días.

Rosario le pagó lo convenido.

Nicasio zanganeaba sentado en el sofá, perdiendo el tiempo en internet, con el portátil que ella le ofreciera en su día. Lo animó a que lo utilizara cuando quisiera. En un momento dado, se sentó a su lado y sacó del bolso un abultado sobre y se lo ofreció. Le comentó que el montante lo agrupó en billetes de cincuenta, los creyó  más adecuados para el consumo diario que los de cien o los de importes superiores. Nicasio le dio las gracias. Tras el pago de lo estipulado, ambos quedaron como unos pasmarotes incapaces de hablar. En el fondo, una tristeza los envolvía. Eran conscientes de que el final se asomaba y de que el telón caería en breve. Pero ni Nicasio quería marchar ni  a ella le apetecía que lo hiciese. Sin haber avanzado demasiado en su conocimiento mutuo, sin haber intercambiado más de cien palabras al día, sin saber un ápice de la vida del otro, una especie de vínculo,  un pegamento invisible los unía. Puede que fuera la desgracia, puede que la miseria interior, puede que una sensación nada fantástica de su nula afinidad por la sociedad. Les acercaba  la comprensión mutua, la aceptación recíproca, el respeto. Ambos reconocían como eran y asumían lo que jamás llegarían a ser. Sin saber lo que les esperaba en el futuro, sabían lo que les ofrecía el presente. Y este no se caracterizaba por ser generoso, más bien lo contrario. Era ruin y tacaño, despiadado a veces.

Así es que sin hablarlo, sin tan siquiera mirarse, Nicasio tomó el dinero, y siguió sentado en el sofá. Rosario se levantó y le preguntó qué le apetecía para comer. Respondió que cualquier cosa, que ella cocinaba de maravilla. Sonrió, era la primera vez que la había visto sonreír. Intentó hacer lo mismo, pero no le salió.

Quizás era demasiado pronto. Puede que más adelante aprendiera a hacerlo.

 

FIN

Autor: Miguel Angel Salinas   

 

¡¡Suelta lo que llevas dentro, desahógate!!
 
                                                                 

 

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