Locuras de un psiquiatra

Locuras de un psiquiatra

 

Primitivo Buendía ejercía la profesión de psiquiatra desde los veintiséis años. Tras tres décadas oyendo (a veces escuchando) toda sarta de sandeces, permanecía al pie del cañón tan solo por lo lucrativo del negocio. No se escondía ninguna otra razón. No intentaba escarbar en su interior para hallar con un motivo, por muy nimio e insignificante que este fuera, que lo animara a permanecer al otro lado del escritorio.

El desinterés de Primitivo por sus pacientes no se acrecentó al paso de los años. A él le gustaría pensar que así había sido, pero no quería engañarse. No servía para la profesión. Ni su temple ni su carisma se forjaron para una dedicación tan esmerada. Carente de paciencia y acostumbrado a no escuchar (que se lo pregunten a su mujer), lo asombroso resultaba que hubiera acumulado una cartera de clientes tan abultada, máxime cuando un porcentaje muy alto de los mismos le eran fieles desde que su memoria se lo permite.

Obligado es mencionar que vino a este mundo con un deseable don de gentes. Cuando nació no lloró. No lloraba de bebé cuando necesitaba atenciones culinarias o escatológicas. Sus padres dormían como benditos y en ese tierno fuero familiar emanó un afecto hacia él fuera de lo común. De adulto tampoco se hizo notar ni sobresalió ni por defecto ni por exceso. El buen humor, la amabilidad y la predisposición para acometer cualquier empresa, parapetado tras su anónima modestia, le granjearon año tras año un sinfín de parabienes y sencillo fue ganarse la simpatía de los que lo rodeaban.

Todo se torció al abrir la consulta. Los estudios universitarios los superó con creces y recuerda con añoranza lo que disfrutó estudiando algunas materias. Los primeros pacientes los guarda grabados a fuego en su materia gris. Desde el instante en el que entró el primero, algo etéreo, y por lo visto importante, se derrumbó dentro de sí. El paso de los días no mejoraba su voluntad, y todavía se le escapa el por qué no cerró la consulta sin pestañear. Ningún apuro económico lo atosigaba y su peculio disfrutaba de una salud aceptable. Seguramente se debió de convencer para aguantar un poco más; para no tirar la toalla a las primeras de cambio; para darse un margen. Y ese margen se había dilatado hasta el presente.

Con su mujer mantenía una relación aceptable y la complicidad que los unía parecía un pegamento suficientemente fuerte. No desatendió al paso de los años relaciones de amistad, que cultivaba junto a su esposa a base de reuniones, casi todas ellas gastronómicas. En una de ellas, a Pacheco, un orondo y jocoso amigo del psiquiatra, le dio por cachondearse de él. La chanza no era nueva. Que si se dormía en las consultas, que respondía con monosílabos sin ser consciente del hilo de la conversación, que recetaba de manera puramente aleatoria. Primitivo recibía las misivas con deportividad e incluso se reía con ellas.

Esa reunión le aportó una suerte de pistas acerca de cómo enfocar el negocio en los años que le restaban hasta alcanzar la edad de jubilación. El fondo continuaba siendo el mismo, no le interesaban en absoluto los problemas que le llegaban del diván. Cierto que se dormía acodado en su mesa, que debía de esconder su rostro tras de su mano y que era menester demostrar su atención, emitiendo monosílabos e interjecciones. ¿Qué ocurriría si en vez de parapetarse tras el escritorio, se colocara dentro de una especie de burbuja? Amparado y escusado tras la alerta sanitaria del Covid, nadie encontraría extraño que en vez de separarlos un débil metacrilato, los distanciara una cabina en la que Primitivo se hallaría inmerso.

Decidirse le costó bien poco. Comenzó a mover los hilos. Hizo llamar a cuantos profesionales creyó oportuno para comenzar con esa fastuosa obra que le permitiría rozar los niveles del nirvana. Entretanto los operarios desempeñaban su cometido, se trasladó de modo provisional a una habitación anexa.

 

Dos semanas después, el proyectó quedó terminado. Estableció el lunes como punto de partida a esa nueva etapa de su carrera profesional. No cabía de gozo y su excitación era máxima.

 

Ellos, como de costumbre, se tumbaban en el diván, lo que facilitaba que perdieran de vista al doctor. El cristal tintado de la celda, camuflaba la forma de Primitivo sentado. Este detalle traslúcido, le permitía dormir a pierna suelta. Grabó una serie de respuestas comodín, que el ordenador emitía cuando detectaba silencios de más de unos pocos segundos. Determinados términos inducían al artilugio informático a dispensar una receta u otra, que salía impresa por una ranura. El mismo ordenador reconocía cuando la conversación había tocado a su fin y se despedía con el nombre de pila de la persona, emplazándola a la siguiente semana. En otra rendija, confeccionada de modo vistoso e inequívoco, el interfecto introducía la tarjeta y pagaba. Primitivo continuaba dormido. Ese maravilloso ingenio informático (que le costó un ojo de la cara y parte del otro), lo despertaba al acabar el último de la lista.

Tras dormir durante la jornada laboral entera, no lograba conciliar el sueño por las noches. Este hecho provocó que recobraran momentos libidinosos con su pareja ya olvidados y que frecuentaran la vida nocturna en bares y restaurantes.

Los pacientes apenas notaron el cambio y algunos aseguraban que se recuperaban favorablemente. Eso es lo que aseguraba Virtudes, la recepcionista, que se dignaba a elaborar un informe diario con comentarios y sugerencias. Primitivo soportaba esa avalancha de información con más sopor que interés, pero la soportaba. No pretendía alertar más todavía a la pobre mujer. A saber la opinión que guardaría de él tras la construcción del nuevo juguetito.

 

Primitivo se prejubiló a los sesenta, no sin antes patentar el invento. Psiquiatras de todo el mundo adquirieron un sistema semejante para sus consultas. Excepto los defensores del paciente, de la ética profesional en medicina y psiquiatría y detractores en general, todo el mundo se desvivía en alabanzas.

Nueve de cada diez psiquiatras utilizan The Primitive System. Si es usted ese uno que rompe el equilibrio, no sea cabezota. Tarde o temprano sucumbirá.

Todos lo hacen.

 

FIN

Autor: Miguel Angel Salinas

¡¡Suelta lo que llevas dentro, desahógate!!
 
 
                                                                 
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