Makiko

Makiko

 

Makiko pasea risueña por los prados que circundan su modesta casa en Ogimi, Okinawa. Una honda preocupación, largo tiempo soportada, se instaló en sus entrañas sin avisar. Tamaño desasosiego pasa inadvertido. Incapaz de no sonreír, su aspecto proyecta envidia y esperanza. Makiko nació con simpatía, bondad, tolerancia y paciencia. Nadie podría aportar datos de un desaire, salida de tono o comportamiento alguno negativo.

Makiko cuenta con cuarenta primaveras japonesas, pero al igual que ocurre con la mayoría de personas orientales, su fisonomía despista y confunde. Con frecuencia la tratan como a una niña y no sólo por lo dicho, sino porque además su manera de relacionarse guarda cierto infantilismo mal disimulado. Makiko no se apercibe de ello.

Se siente confusa y dicha confusión la atormenta. Makiko posee la familia de sus sueños y el trabajo ansiado desde niña; aun así, algo no encaja en su coqueta cabecita.

 

Una vez acabada la universidad, procedió al igual que muchos de sus paisanos y decidió dedicar un año de su vida a recorrer mundo. Los japoneses son gente muy viajera, curiosa, amantes de lo bello, del mundo en general. Tras visitar Norte América recaló en Europa. Quiso comenzar por Irlanda.  Sus pequeños pies quedaron atrapados en el néctar derramado por los hospitalarios lugareños, y ya no pudo salir.

Decidió echar anclas, y aprovechando la escala, se empeñó en aprender el idioma inglés de un modo correcto. Se matriculó en una sencilla escuela y asistió con regularidad todas las mañanas a clase. A Makiko le gustaba sobremanera esa actividad. La transportaba a épocas pretéritas cuando recorría largos trechos para ir y volver del colegio rural de Ogimi a su aldea. Disfrutaba haciendo los deberes y le sobrecogía lo rápido de su aprendizaje. Sentada ante una precaria mesa, se deleitaba ordenando los apuntes, dibujando un elaborado y vistoso título al tema del día y consultando con esmero y meticulosidad el diccionario Oxford adquirido en los almacenes Eason.

El profesor de Makiko, Sean para más señas,  un tipo larguirucho, flaco, de pelo largo y más bien feo,  resultaba todo un encanto. Como profesor tampoco se le podría considerar un dechado de virtudes y sapiencia, pero compensaba dichas carencias de forma sobresaliente con su apostura, desparpajo y sentido del humor. Cómo Makiko se llegó a enamorar de su profesor, solo Morfeo lo sabe, y puede que ni él sea consciente del devenir de los hechos. Las clases para Makiko se convirtieron en una auténtica tortura china (Makiko ignoraba los martirios y tormentos infligidos es su país vecino en épocas remotas). La antítesis entre desear verlo y no encontrar el valor de confesarle sus sentimientos desmoronaba su calma natural.

 Makiko solía pasear con su cámara y tomar fotos de detalles. No le interesaban las panorámicas. Ella disfrutaba mucho más observando la perfección de unos pétalos, la inmensidad de un insecto y el estático movimiento de las nubes. En uno de estos paseos se dijo que al día siguiente hablaría con él. Y cumplió su promesa.

Sean quedó perplejo. Casi derrama media Guinness sobre la sucia mesa del pub. El pobre, atónito, se vio en un terrible compromiso, dejarle claro la no reciprocidad del afecto y pasión que ella le revelara. En el fondo a Sean no le desagradaba Makiko. La veía una chica guapa, más bien una niña guapa, pero eso no se lo manifestó. No deseaba herirla más de lo que lo estaba haciendo.

La desafortunada e infructuosa entrevista no minó el deseo de Makiko de permanecer en Irlanda. Se sobrepuso como pudo y continuó con su académica estancia, llena de acontecimientos sociales, paseos en solitario y momentos de felicidad contemplando la fina línea que separaba el cielo y el mar.

 

De regreso a Okinawa, postuló para un puesto de profesor vacante, muy cerca de su vivienda familiar. Makiko amaba a los niños; cualquiera se apercibiría sin esfuerzo. Ellos la adoraban y tal comunión redundaba en un provecho escolar más allá de lo esperado. El amor por los niños la llevó a buscarse pareja. O quizás fuera al revés; el orden carece de importancia.

 

Makiko, a fecha de hoy, desconoce que siente por su marido. En ocasiones ha llegado a pensar que tomó el camino fácil; buscó a un buen muchacho, no tanto para convertirlo en su compañero y amante como para requerir de él a un padre idóneo. Ese pensamiento, inquietante y angustioso, no la abandona con el paso de los meses, de los años.

El fin de semana, rodeada de sus cuatro criaturas, de su marido hacendoso y del bonito paraje que rodea a su vivienda campesina, se siente la persona más feliz del mundo. Se avergüenza de su desazón y se repite que es tonta por no disfrutar de una manera plena de tamaña suerte. Se maldice por su debilidad, por carecer de una fortaleza de espíritu suficiente como para apartar de un manotazo esos puntos oscuros de su interior.

En ocasiones lo consigue. Logra alcanzar algo parecido a un estado de gracia. Y justo entonces, cuando su cuerpo se sosiega y su mente se serena, Sean aparece de improviso y se pregunta qué hubiera ocurrido en el caso de que aquel día en el Crane Bar él le hubiera correspondido. ¿Seguiría en Irlanda? ¿Disfrutaría de una familia junto a Sean? ¿Sería más dichosa que ahora?

De súbito, ante  la atenta mirada de sus hijos y el preocupado semblante de su marido, desaparece sigilosa y se refugia por unos minutos en su habitación. Extrae del armario una llamativa caja de cartón y de esta un sobre. Desparrama las fotos sobre la cama. Las fotos que tomó en Irlanda. Esas fotos de detalles banales para la mayoría, que sin embargo para ella significaron algo, representaban  algo.

Y reconocía que así era su vida, llena de fragmentos nimios, ninguno más sobresaliente que el resto, pero que  juntos conformaban un todo, daban sentido a su existencia y protegían el latido su corazón.

 

FIN

Autor: Miguel Angel Salinas   

 

¡¡Suelta lo que llevas dentro, desahógate!!
 
                                                                 
Volver arriba